Por: Mauricio Navas Talero

Evas que no conocen el paraíso

Ellas hacen la tarea, trabajan jornadas de 12 y 16 horas diarias, son eficientes y sensibles, dan buenos resultados y, digámoslo de una vez, son mejores que muchos de sus colegas del sexo masculino. Son obreras de la cultura, hacen televisión. Es paradójico, lo voy a afirmar públicamente, que en la televisión una de las dimensiones más dinámicas de la cultura, aquella en la que los hechos del presente se cuelan, se quiera o no, la misma en la que hace un par de décadas vimos la audacia de Jorge Alí Triana con Amparo Grisales y Margarita Rosa de Francisco en Las Hinojosa, esa misma que trajo los amores urbanos del siglo XX en obras como La tregua y Gracias por el fuego, la misma que metió en los hogares colombianos el tema de la corrupción clerical con El confesor, de Pepe Sánchez, y la sonda al dolor humano del mismo maestro en La historia de Tita, en esa polea de conceptos y contenidos que es la televisión, en Colombia, algunas mujeres aún se las tienen que ver con las tinieblas del siglo XIX. Ojo, no me refiero a las doncellas de las cortes, ni a las heroínas de la igualdad de los derechos, como María Cano, ni a las nunca bien ponderadas heroínas de la gesta libertadora, como Manuelita Sáenz o Antonia Santos; estoy hablando de guerreras de nuestro tiempo que muelen a la par con los hombres y, no importa qué tantas guerras hayan ganado, qué tantos terrenos hayan conquistado, son mantenidas en el borde de la cancha siempre con alguna disculpa vacua por parte de los ejecutivos que, con consideración fastidiosa, afirman que “hay que dejarlas madurar”.

Son directoras cuyos nombres pasan en el rol de créditos debajo del pomposo crédito de director de algún colega hombre que seguramente les ha dejado casi todo el trabajo a ellas y que posa de Buñuel para la farándula mientras ellas han sido las que han remado el pesado barco de una serie o una novela de televisión. Por alguna razón orgánica son bellas, amables y nobles, quizás las mismas razones por las que soportan tantos años al borde de la cancha con la esperanza de que algún día se les decrete la madurez suficiente para poder seguir haciendo bien lo que muchos de sus homólogos hombres hacen tan mal.

Cecilia Vásquez, Mónica Botero, Laura Mora, al borde de la cancha con muchos goles a favor.

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