Por: Arlene B. Tickner

Evitar lo peor

La primera elección de Barack Obama constituyó uno de los hechos de mayor trascendencia en la historia política contemporánea de los Estados Unidos.

Luego de la oscura era de George W. Bush —de la que los mismos republicanos han intentado distanciarse— y pese a la irrupción de la crisis financiera, 2008 trajo esperanza y expectativa. Cuatro años después, el entorno electoral se caracteriza por la decepción y una estéril discusión sobre cuál candidato/partido está mintiendo y sobre qué.

Aunque hay que reconocer que Obama heredó una situación económica imposible y otra política muy adversa —la derechización de la sociedad y el Congreso—, del líder audaz y visionario queda poco. En política internacional cumplió tan sólo parcialmente sus promesas de poner fin a las armas nucleares, cerrar el centro de detención de Guantánamo, retirarse “bien” de Irak, mediar en el conflicto entre Israel y Palestina, combatir el deterioro ambiental y reparar la imagen dañada de Estados Unidos mediante el multilateralismo y el respeto por el derecho internacional, entre otros. Terminó la guerra en Irak, pero aumentó la de Afganistán; se quedó en Guantánamo, pero redujo en un tercio los detenidos; presionó a Israel, pero se quedó callado cuando éste siguió ampliando los asentamientos ilegales, y abandonó la causa ambiental mundial. Más polémico aún, mantuvo el presupuesto militar inflado e intensificó la guerra de los drones.

En lo interno, aprobó un plan de estímulos a la economía que permitió amortiguar los peores efectos de la crisis; rescató a la industria automotriz e incentivó la actividad manufacturera; redujo los impuestos para el 95% de la población de clase media y baja; impulsó una reforma a la salud que regula sus costos (irrisorios) y que cobija a millones que no tienen seguro, y puso fin a la política militar homofóbica, “no preguntar, no decir”. Sin embargo, no pudo reducir el desempleo (pero sí estabilizarlo); no endureció la legislación sobre venta de armas; no frenó el aumento de la pobreza y la desigualdad, y agrandó la deuda pública en 52%.

¿Qué decir de Mitt Romney, cuya estrategia ha sido la del camaleón? Fue moderado como gobernador de Massachusetts, se volvió derechista para ganar las primarias republicanas y ahora realiza un giro calculado hacia el centro —que inició con el primer debate presidencial— para quitarle a Obama el voto de los indecisos y desencantados. Aunque ello hace difícil saber cómo sería como presidente, si algo de lo que dice es cierto, Estados Unidos podría invadir a Irán (presionado por Israel); iniciar una guerra comercial con China; reducir los derechos reproductivos de las mujeres y congelar los civiles de los homosexuales; endurecer las políticas antidrogas; aumentar el gasto militar, y acrecentar el unilateralismo.

En el plano socioeconómico, la afirmación de que si un programa no es lo suficientemente importante para justificar pedir prestado de China para pagarlo, Romney lo eliminaría, sugiere que áreas como salud, educación, alimentos para los pobres y energía limpia podrían sufrir recortes.

En resumidas cuentas, en lugar de enfocarse en los retos que enfrenta Estados Unidos, entre ellos la crisis de la educación pública —que afecta no sólo su recuperación económica sino la calidad de su democracia—, las elecciones de 2012 giran en torno a un mínimo denominador: evitar lo peor.

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