Evitemos el contagio del trumpismo

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Incluso a riesgo de repetir lo que se ha dicho y escrito en la última semana sobre la toma del Congreso de los Estados Unidos por unos fanáticos seguidores del saliente presidente Donald Trump, es imposible no hacerlo.

La pérdida de confianza en la democracia no es un fenómeno reciente ni aislado. El informe “El estado de la democracia en el mundo”, hecho por IDEA Internacional en 2019, llamó la atención “sobre la desigualdad en los niveles de desempeño democrático, la tendencia hacia la erosión y fragilidad, y el retroceso y colapso en algunos países de la región”. En él se urge a los gobiernos de la región “abordar los graves desafíos visibles en algunos países, tales como altos niveles de corrupción, delincuencia y violencia, profundas desigualdades socioeconómicas, polarización política creciente, crisis de representación en los partidos políticos, amenazas a la integridad electoral y debilitamiento de la independencia judicial, entre otros, con el fin de reconstruir la confianza ciudadana en la democracia, que ha estado en constante declive durante la ultima década” (Zechmeister y Lupu, 2019).

La pandemia ha evidenciado y en muchos casos exacerbado las falencias y debilidades señaladas en ese documento. Así lo demuestra el informe especial de IDEA Internacional de diciembre de 2020, “Balance de las tendencias democráticas en América Latina y el Caribe antes y durante la pandemia del COVID-19”, donde se analiza el impacto de la emergencia en estos indicadores. Uno de los más preocupantes es que el 65 % de los países de la región han implementado iniciativas para contener la pandemia que se pueden considerar riesgosas para la democracia y los derechos humanos. Todos sabemos que revertir este tipo de medidas es un proceso lento y difícil, porque implica quitarles poder a quienes, amparados en la emergencia, las han utilizado.

Lo que pocos se imaginaron es que la crisis de la democracia irrumpiría de manera violenta, literalmente, en el que era considerado uno de sus símbolos más emblemáticos en América y el mundo: el Congreso de Estados Unidos. Las consecuencias de este hecho no solo se sentirán en ese país, sino que trascenderán fronteras. Pero también son una oportunidad para reflexionar sobre los riesgos que implican los gobernantes —y quienes aspiran a serlo— que no vacilan en desconocer las reglas de juego de la democracia si esto les permite mantenerse en el poder o llegar a ejercerlo, debilitar el equilibrio de poderes e incidir en sus decisiones mediante prebendas y nombramientos para minar su independencia, y apelar a las noticias falsas, mentiras, manipulación del miedo y creencias religiosas para alcanzar sus fines e imponer sus ideas. Las propuestas populistas y autoritarias, sin importar su ubicación en el espectro ideológico, encajan en este perfil.

Quienes creemos que la democracia, a pesar de sus problemas y falencias, es la mejor forma de gobierno debemos enfrentar estos desafíos y tomar decisiones y acciones para protegerla y fortalecerla. No corramos el riesgo de vivir situaciones similares a las que sucedieron en Estados Unidos hace poco.

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