Por: Rodolfo Arango

Exclusión o inclusión

LOS COLOMBIANOS ENFRENTAN una disyuntiva en las próximas elecciones: elegir la guerra, el populismo y la desigualdad que fomentan la exclusión social, o apostar al cambio resultante de los acuerdos de paz, de las reformas sociales estructurales y de la transformación cultural que propenden por la inclusión social.

Los colombianos se han conservadurizado. Las preferencias en las encuestas así lo demuestran. Los candidatos de la coalición gobernante doblan a los candidatos opositores. El efecto Uribe es perceptible. Los dieciocho meses previstos por el Gobierno para acabar a la guerrilla se le han convertido en seis años y medio. Pero eso no parece afectar su credibilidad. La propaganda compensa el incumplimiento de la promesa. El interés por los combates es mantenido con las filmaciones de los bombardeos oficiales. Semana a semana se difunde en las noticias la inminencia de la captura o muerte de algún jefe guerrillero. Una de las más efectivas estrategias electorales consiste en explotar anhelos, miedos y sentimientos de la población para atraer sus votos. Mientras tanto se manipulan las cifras sobre la pobreza, se concentra la riqueza y no se consulta a los indígenas, crece el desempleo, la población se empobrece y la situación de los excluidos se empeora.

El país requiere profundos cambios. Necesita recuperar la esperanza y la dignidad mediante reformas estructurales que terminen con una política construida sobre la defensa del statu quo, del clientelismo, de la corrupción y de la desigualdad. Los asuntos agrario, minero, educativo, laboral, de salud pública y seguridad social, de soberanía y de integración latinoamericana, claman profundos replanteamientos, no sólo organizativos sino ideológicos. De la pobreza y de la desigualdad no saldremos sin reformas sociales de gran envergadura. A la visión guerrerista, economicista y exclusivista debe oponerse una visión pacifista, culturalista e inclusivista.

La opción de centro no es alternativa. Fajardo no ha logrado explicar su cercanía y sus vínculos con el uribismo, en especial con DMG y con el ex consejero presidencial Alfazar. Su visión sobre la generosidad del establecimiento hacia la guerrilla es ingenua. Su manejo del paramilitarismo en Medellín, cuestionable. Lucho y Petro sucumben ante la necesidad de aceptación social. No dudan en utilizar la amenaza y el chantaje si no son favorecidos por las mayorías del Polo. Tienen un concepto sobrevalorado de sí mismos, que no corresponde con la percepción de la población. Le ha hecho daño a la construcción de un partido político organizado y disciplinado que aglutine a la izquierda democrática colombiana. Peñalosa tampoco ofrece una visión alternativa a la mano dura; defiende paradigmas sociales preconcebidos y carece de propuestas frente al abandono del campo, problema medular del conflicto social en el país. El iconoclasta y hermético Mockus aporta a la cultura ciudadana mediante la pedagogía, pero carece de propuestas para llevar a cabo los cambios necesarios para lograr una efectiva inclusión social.

El antagonismo ideológico, tramitado mediante procedimientos institucionales claros, previos y equilibrados, es saludable para la vida democrática. La disyuntiva entre derecha e izquierda no debe identificarse con una peligrosa polarización. La política agonista requiere alternativas discernibles, no de falsos consensos.

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