Por: Marcos Peckel

¿Existen soluciones militares?

“No descarto una opción militar en Venezuela”, anunció el presidente Donald Trump en reciente rueda de prensa, agitando con ese “trino verbal” las ya alebrestadas aguas de la geopolítica regional alrededor de Venezuela. Más allá de tratar de interpretar qué quiso decir el mandatario y las reacciones que suscitó en Caracas y la región, surge la pregunta sobre si en general existen soluciones militares a problemas políticos. El dilema comienza por definir cuál es el “problema” y cuál la “solución”.

La diplomacia de las cañoneras que aplicó Estados Unidos en América Latina buscaba derrocar regímenes marxistas o que “olieran a izquierda”, ya sea en Chile, Granada, República Dominicana, Nicaragua o Guatemala. Esa era entonces su definición de “solución” y en el contexto de la guerra fría se justificaba. Lo propio hizo la Unión Soviética en Hungría y Checoslovaquia: derrocar por la fuerza regímenes que consideraba hostiles. Esa era su “solución”. Solución que a las dos superpotencias les fracasó estrepitosamente en Vietnam y Afganistán.

La intervención militar de la OTAN en Kosovo y Bosnia sirvió para solucionar crisis humanitarias y detener limpiezas étnicas. Sin embargo, la intervención de la misma OTAN en Libia, amparada por una resolución del Consejo de Seguridad bajo el pretexto de “proteger civiles”, dio al traste con el régimen de Gadafi, pero tuvo como efecto colateral el colapso del Estado libio, dejando el control de su territorio en manos de bandas yihadistas y criminales. Intervención militar fallida.

Afganistán e Irak, guerras que emprendió Estados Unidos en el marco de la “guerra contra el terrorismo”, han sido un completo desastre y tienen a Washington, con su supremo poderío militar, en una situación de franco debilitamiento estratégico. Por otro lado, la decisión de la administración Obama de no intervenir militarmente en Siria mermó severamente su poder diplomático.

La subsiguiente guerra contra ISIS, organización surgida de la debacle por acción en Irak y por omisión en Siria y que militarmente Estados Unidos parece estar ganando con la inminente desaparición del Califato, deja la sensación de que Washington le “hizo la vuelta” a Irán, Rusia y Assad. Ganó la guerra, perdió la posguerra.

La manida frase del general prusiano “la guerra es la continuación de la diplomacia por otros medios”, asume que ha habido diplomacia y que la guerra es la última opción. Cuando no hay diplomacia, la guerra se convierte en un fin por sí misma, con resultados imprevisibles. La diplomacia se puede deshacer, la guerra no.

La administración Trump ha amenazado con el uso de la fuerza en tres situaciones de la compleja coyuntura internacional: Corea, Irán y Venezuela. En ocasiones, la sola amenaza produce resultados si está respaldada por credibilidad de que la fuerza sí será usada. Washington sufre de un agudo déficit de credibilidad, por lo que sus oponentes han doblado sus apuestas. Un póquer geopolítico multidimensional en el que todos pueden perder.

 

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