Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Éxitos y peligros

He criticado muchas veces al Gobierno de Santos. Me temo que tendré que seguir haciéndolo. Pero su defensa de la paz contra viento y marea, incurriendo en toda clase de costos y riesgos, enfrentándose a la gente que lo eligió y a menudo también a la gente que lo reeligió, es admirable. Y se ha materializado en eventos espectaculares y esperanzadores, como éste reciente de la entrega de armas por parte de las Farc. Esto me aleja irreparablemente de aquellos que suponen que Uribe y Santos son igualiticos, porque ambos son neoliberales, o pertenecen a las élites, o son políticos tradicionales.

No. No son idénticos; muchas cosas los separan. Eso no quiere decir que la coalición de Gobierno —cuyo margen de maniobra político se sigue reduciendo— sea una maravilla. Sí significa, en cambio, que hay diferencias entre los distintos proyectos que participarán en las elecciones de 2018, y que esas diferencias tienen implicaciones de largo aliento para nuestro futuro. La pregunta es cómo valorizarlas para que la paz, y los procesos de cambio e inclusión asociados a ella, tengan la posibilidad de sobrevivir.

La respuesta no es fácil. Las encuestas todavía no muestran tendencias muy claras, y arrojan resultados que no son muy compatibles entre sí (lo que es explicable entre otras porque preguntan cosas levemente distintas). Sin embargo, hay al menos tres conclusiones que me quedan claras de todo el material que ha ido saliendo en los últimos meses. Primero, si el uribismo gana va a hacer trizas el acuerdo. Nadie se debe llamar a engaño en este particular. Cierto: el caudillo prometió, con su taimado estilo de seminarista, que simplemente buscaría reformar los acuerdos. Esto no es garantía de nada: se trata de la misma táctica, embustera pero ultraexitosa, que usó durante el plebiscito. Recomendaría enfáticamente no caer en el garlito. En este caso hay que escuchar a las voces del uribismo profundo, mucho menos avispadas pero mucho más sinceras: al acuerdo “hay que volverlo trizas”, la entrega de armas es un complot de la Unión Soviética a través de la ONU (ay, Incitatus, cuánto hemos perdido en estos siglos).

Segundo, las Farc han ganado con la paz pero la coalición de Gobierno en cambio no ha obtenido nada. Lo de las Farc era previsible, pero no deja de ser notable. Su cumplimiento a rajatabla de los acuerdos ha contribuido a mejorar su posición. Ahora es una sigla con más aceptación que los partidos políticos, lo que muestra que también para ella la paz era el camino. Lo del Gobierno, en cambio, no tiene muchas explicaciones. Sí, pasamos por un momento económico difícil, pero la fragilidad de la posición de Santos y sus amigos viene de más atrás. Y los logros de este Gobierno en algunos terrenos que afectan directamente a la gente, como el empleo, no son despreciables. ¿Tendremos las tripas para simplemente admitir que no sabemos por qué le va tan mal?

Tercero, millones de colombianos ven al acuerdo —a este acuerdo maravilloso, que ha logrado lo que se propusieron millones de colombianos durante cinco décadas— con enormes reservas. Según LAPOP-UniAndes sólo 41 % de sus encuestados lo apoyan, aunque casi el 70 % está de acuerdo con una salida negociada al conflicto (nótese que hay cerca de 20 % de pacifistas por convencer). Discursos centrales para el uribismo (pintar a los farianos como privilegiados que han obtenido concesiones excesivas) evidentemente han calado. Otras evidencias apuntan en la misma dirección. El discurso de la paz necesita volverse mucho más persuasivo.

Si le sumo a estas tres constataciones la enorme fragmentación del espacio político, concluyo que las elecciones de 2018 serán duras. Durísimas. No quiero portarme como un ave de mal agüero volviendo una y otra vez sobre estas cosas, pero si no hay ajustes rápido vamos directo a un megaestrellón.

 

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