Por: Julio Carrizosa Umaña

La expansión de Bogotá, las guerras y la paz (II)

El proceso de establecimiento de la Reserva Van der Hammen logró frenar durante quince años la destrucción de la Sabana al norte de la capital, pero los POT fueron incapaces de detener esa destrucción en los municipios limítrofes.

Lo que se ha urbanizado alrededor de Soacha, Chía, Funza, Mosquera, Cota, Cajicá, Zipaquirá y Facatativá es muestra de mal diseño, de destrucción del paisaje, de extravagancias arquitectónicas y, sobre todo, significa el sellamiento de miles de hectáreas que hoy podrían estar produciendo alimentos y divisas indispensables para evitar la crisis económica y social.

Es posible que la guerra, el narcotráfico y la corrupción tengan algo que ver con la velocidad con que se realizaron la mayoría de esas urbanizaciones y con el atroz resultado. Situaciones anteriores todavía ocasionan que los nuevos funcionarios municipales tengan que enfrentarse a permisos de construcción absurdos en una región cuyo uso agropecuario está protegido por la ley. Son miles las viviendas que fueron autorizadas en los últimos años, infringiendo la Ley 99.

Los compradores que aprovecharon los precios relativamente bajos y la oferta de jardines y paisajes rurales ahora se enfrentan a la escasez de agua, a la inseguridad, a la degradación de esos paisajes y a la diaria tragedia del transporte a sus sitios de trabajo o de estudio. Algunos de ellos tomaron esa decisión huyendo de la guerra en el resto del país, otros son descendientes de familias bogotanas que buscaban gozar el ambiente rural cada vez más lejano. Una parte importante de los recursos que se emplearon en la construcción de ese nuevo mercado estuvieron conectados con la situación del resto del país.

Todo esto está interrelacionado con el crecimiento inusitado de una metrópoli a 2.600 metros de altura y a gran distancia de los océanos. Recientemente han escrito que estoy delirando y me acusan de considerarme un mago cuando insisto en que ese proceso debe estudiarse para tratar de disminuir su velocidad y de equilibrar el sistema de ciudades. A esos críticos les contesto que piensen bien la situación, que lo delirante, lo “mágico,” es el proceso que ha conducido a que 9 millones de habitantes se hacinen y se consideren fuera de peligro en una ciudad pobre y segregada. Frenar ese proceso podría ser la mejor señal de que la paz ha comenzado. Si dejáramos de huir hacia arriba y hacia el norte podríamos integrar la Nación alrededor de un imaginario común.

 

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