Exponer la memoria

Noticias destacadas de Opinión

/ Foto: María Paula Durán

/ Foto: María Paula Durán

A diferencia de otros países que han sufrido guerras o dictaduras, la memoria en Colombia no llegó con el fin del conflicto, sino que ha sido una conquista por parte de las organizaciones de víctimas en sus luchas por la verdad y la justicia. La historia de esta conquista se manifiesta en la exposición del Museo Nacional de la Memoria Voces para transformar a Colombia, exhibida en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Debo confesar que en mi primera visita al montaje me sentí decepcionado, no por lo que vi, sino por no ver lo que esperaba: una historia lineal del conflicto. Y es que en la exposición no hay líneas de tiempo o una sola entrada, sino distintas formas de comprender lo que la guerra le ha hecho al cuerpo, al agua y a la tierra, al tiempo que nos muestra la resistencia de las comunidades ante la violencia de los distintos actores armados.

En la exposición hay muchos rostros, pero ninguno es de los perpetradores. Esta es una decisión que rompe la forma en que se ha representado la violencia en Colombia, pues no hay ejércitos, ni hombres armados en las imágenes exhibidas. Por el contrario, son rostros que miran de frente, con valor y dignidad, transformando el imaginario que muchos tienen de las víctimas como sujetos pasivos y sin agencia; el dolor se revela en la mirada y en sus historias de vida.

Lo mismo sucede con el territorio, que es otro protagonista de la exposición. A diferencia de lo que solemos encontrar en museos de memoria en el mundo, en Voces para transformar a Colombia no hay imágenes “emblemáticas” de la guerra en Colombia. No está la imagen del Palacio en llamas, de las peregrinaciones de millones de desplazados o de los cuerpos tendidos después de una masacre. Sin embargo, sí está la historia de guerra y resistencia del puerto de Buenaventura, la relación que los indígenas wiwa tienen con sus territorios y cómo estos se conectan entre sí; una pequeña mata de coca crece bajo una luz cenital confrontándonos con múltiples historias que esta mata ha tejido en Putumayo. En la exposición también está el Magdalena Medio, Urabá, Catatumbo, la comuna 13 de Medellín y el Atrato, cada territorio nos habla de una guerra que ha pasado inadvertida para los colombianos.

Pero es en el “eje cuerpo” en donde el espectador siente mayor conexión con el daño y el dolor que ha dejado la guerra. Así como con la lucha y la resistencia que han librado miles de cuerpos colectivos. Este eje comienza con una pancarta monumental de la Unión Patriótica, en donde los rostros de sus militantes y de sus líderes asesinados sonríen, esos gestos hablan de la esperanza y de la ilusión que no dejaron ser. También hay objetos e historias que representan las de millones de víctimas de la guerra: campesinos, magistrados, mujeres, jóvenes, soldados y empresarios, sus fotografías y testimonios llenan de vida el invisible daño que padecieron familias enteras: estas voces y su materia nos hablan de una ausencia que no termina. Al final del eje se dignifica la lucha de la Organización Femenina Popular, un cuerpo colectivo que en el Magdalena Medio resistió la arremetida de todos los actores armados. Allí están las piedras que las mujeres hacían sonar durante el Paro de Barrancabermeja de 1997, la olla con la que hacían sancochos colectivos y las batas que usaban durante sus manifestaciones, en una de ellas se puede leer el himno de la organización.

Pero el museo no es sólo lo que se exhibe en sus paredes y pasillos, también es teatro, talleres, conferencias, radio y música, esto se vio durante toda la agenda de la feria. La exposición evidencia cómo la memoria se ha construido desde los territorios y sus comunidades, al tiempo que nos habla de resistencia y de esperanza. Por eso la memoria en Colombia no sólo es un recuento del dolor, sino un llamado al futuro, que contribuye a la reparación de las víctimas. No basta con llenar un museo con estas historias, si los visitantes no llenan sus corazones con empatía y solidaridad, pues la reparación no se logra cuando se cumplen los términos de ley, sino cuando la sociedad siente en la piel el sentido que tiene decir Nunca Más y No Repetición.

@arturocharria

charriahernandez@hotmail.com

Comparte en redes: