Por: Armando Montenegro

Expresidente contra presidente

“Taft no sólo ha sido desleal con nuestra amistad pasada, sino desleal con todas las normas de la decencia y el juego limpio”.

Eso decía, en medio de una agria y tempestuosa contienda, el expresidente Theodore Roosevelt de su sucesor William Howard Taft, su antiguo colaborador y confidente de muchos años (el libro de Doris Kearns Goodwin, The Bully Pulpit, da buena cuenta de la cercanía, del duro enfrentamiento y de la aproximación final de estos personajes).

Roosevelt fue un líder talentoso, de energía avasallante y una sorprendente capacidad de interacción con los votantes y la opinión pública. Después de haber sido gobernador de Nueva York, asumió la Presidencia en 1901, cuando McKinley fue asesinado —Roosevelt era el entonces vicepresidente—. Más tarde, con una votación contundente, fue reelegido en 1904. En sus años en la Casa Blanca, Taft fue su secretario de Guerra, su consejero y amigo. Roosevelt siempre había dado muestras de aprecio, admiración y de confianza en sus capacidades.

Cuando terminó su segunda presidencia, Roosevelt impulsó y promovió con entusiasmo la candidatura de Taft, quien asumió el poder en 1909 (sin ese apoyo, nunca hubiera llegado a la Casa Blanca). Lo interesante es que justo en ese momento la amistad terminó. Por capricho de Roosevelt, se enfriaron las relaciones personales y, poco después, se acabaron. Apenas unos pocos meses después, el expresidente arremetió con sus críticas y ataques públicos contra el nuevo mandatario, quien recibió con sorpresa y dolor los golpes de su amigo. Acto seguido, Roosevelt puso todo su empeño en evitar la reelección de Taft y propuso su propio nombre a los republicanos; y cuando no logró la nominación de su partido, fundó otro para aspirar a la Presidencia. Como resultado de este enfrentamiento, que incluyó insultos y acusaciones de corrupción y fraude, triunfó el demócrata Woodrow Wilson.

Las personalidades de Roosevelt y Taft eran muy diferentes. Mientras el primero disfrutaba inmensamente del ejercicio del poder, Taft nunca se sintió cómodo en la Presidencia. Roosevelt, enérgico e hiperactivo, amigo de las cacerías y los ejercicios físicos extremos, tenía el don de comunicarse directamente con los ciudadanos mediante sus discursos, sus escritos y su relación con periodistas influyentes, quienes transmitían a sus lectores sus ideas y propuestas (de esta forma impulsó y logró la aprobación de varias reformas, a pesar de la resistencia del Congreso y los caciques de los partidos políticos). Taft, en cambio, carecía de estas cualidades: era un gordo amable y jovial que proyectaba una imagen de pasividad y tacto. Sus discursos eran pesados, pero se movía en la política gracias a su simpatía, con la que aseguraba el apoyo de los jefes políticos tradicionales.

Cuando cicatrizaron las heridas del conflicto, que entre otras cosas enterró las ambiciones de ambos, al final de sus carreras volvió a surgir, por iniciativa de Taft, cierta amistad. Sin el poder de por medio, cuando Roosevelt entendió que Taft ya no era un obstáculo para sus ambiciones, volvieron a hablar y a escribirse, con el entusiasmo y la frecuencia de cuando compartieron sus primeros sueños políticos al comienzo de su vida pública. Roosevelt murió prematuramente. Taft lo sobrevivió y fue durante varios años magistrado de la Corte Suprema. Siempre quiso ser un juez.

 

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