Por: Juan David Ochoa

Exterminio

Avanza la jornada preelectoral, y entre el ruido de los nombres que serán y los que se derrumban, bajo las luces y las cartas de las apuestas del poder, un exterminio sistemático que aún no es oficial hasta que se mueran todos sigue fusilando líderes sociales en los rincones del país, y el conteo sigue acumulándose como crímenes de una costumbre nacional, aleatorios y frívolos, sobre las otras montañas de los muertos que quedaron impunes entre el papeleo del cartel de los jueces que se vendieron desde siempre y al mejor postor.

La razón del exterminio es la misma de los exterminios pasados que solo fueron concebidos como un hecho trágico cuando no quedó más tierra para sepultar y se agotaron los partidos que venían acabándose en silencio hasta el último de sus miembros; la misma razón simple y tradicional que cuida los bastiones centrales de este feudalismo de siglos, contra todos los tiempos y las fuerzas que tengan que caer para resguardarlo.   

Durante el exterminio de La Unión Patriótica, sucedido en el mismo contexto político y por las mismas razones de una paranoia criminal, la noticia de un genocidio trascendió entre el espanto nacional por un hecho anecdótico, más que por el hecho cruento de los cuerpos tendidos y un partido silenciado. La operación fue bautizada con un nombre poético y sádico: el Baile rojo, título escogido con saña y morbo, suficiente para que el mensaje trascendiera sobre la costumbre de los crímenes y los exterminios comunes, y entendieran todos por fin que no hay otros modelos políticos demasiado atípicos y distantes del statu quo, y que esta historia solo puede tener una tendencia incuestionable. Para que el genocidio fuera concebido como tal por la historia de la amnesia generalizada, tuvo que servir la eficacia de un nombre y un título entre el rumor de la misma cotidianidad del terror. Desde ese simple problema lingüístico puede entenderse la desidia ante una sistematicidad evidente de los crímenes que tienen como objetivo una población particular, aunque no pertenezcan ni integren un partido político ni se encuentren agrupados bajo una categoría estatutaria que los ampare. Son líderes sociales que intentan restaurar, entre sus círculos distantes y aislados, la nueva concepción de la tierra; la base neurálgica de la guerra y el interés fundamental de los señores feudales, los mismos que mandan matar desde las sombras cuando se intenta investigar los documentos legales que las sustentan.

Mientras continúa la orden para callar las voces molestas contra el pasado y la tradición, el expresidente Uribe estigmatiza nuevos nombres poniendo cruces en sus frentes. Y no es una imprudencia común ni una frivolidad simple. Entre el reacomodo histórico de este paradigma de tierras y burocracia estatal y criminalidad diplomática, señalarles los nombres que su paranoia detesta a los ejércitos sueltos de esta guerra atomizada agiganta el círculo vicioso de los perseguidos que tuvieron, décadas atrás y por las mismas razones, los argumentos que el Estado les dio para crear otros ejércitos de defensa o venganza, y condenar a esta historia al eterno retorno de las culpas externas del desangre.

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