Por: Arturo Guerrero

Extrema derecha y centro-izquierda

El mapa de la política mundial y nacional se está acomodando y realinderando con velocidad. Las antiguas fronteras vigentes en el siglo XX hoy son trazos sobre el agua. Liberales y conservadores, izquierda y derecha, socialdemócratas y demócratas cristianos, los binomios de siempre, se desdibujaron.

Los típicos asuntos en torno de los que se definían los linderos, tales como modelos económicos, libertades individuales, distribución de la riqueza, el poder para qué, se ven apabullados por otras urgencias. La crisis del clima, el reclamo LGBT, la equidad de las mujeres, la salvación del único planeta, la reivindicación de negros, indígenas y minorías: estas son las preocupaciones contemporáneas.

En torno de este vasto alarido han emergido dos grandes tendencias, que no se dejan nombrar por una única palabra. Requieren una combinación de términos. Son ellas la extrema derecha y el centro-izquierda.

En efecto, las escuetas denominaciones de derecha e izquierda que reinaron desde la Revolución francesa huyeron hacia sus extremos respectivos, polarizaron el ambiente y asquearon a la gente. Veamos.

La derecha se desembozó, se quitó de la cara el barniz humanista y republicano que la maquillaba, y se arrojó en brazos de la intemperancia. Mandatarios absolutistas, como Trump, Bolsonaro, Johnson-brexit, Erdogan, Duterte, resolvieron negar incluso la redondez de las esferas. Entre nosotros hay alguno que sin reinar reina y quiere hacerlo por el resto de su eternidad.

A esta derecha le quedó chiquito el sustantivo y por eso hubo que agregarle el adjetivo “extrema”. La extrema derecha se sintió no solo legalizada sino respaldada en todo el globo por una ola que parecía encumbrarla durante mil años. Estas ínfulas han sido su perdición. Sus líderes abandonaron toda simulación, destaparon su ambición, se lanzaron al apoderamiento del mundo. ¡Patéticos!

La vieja derecha se había encargado de identificar a toda la izquierda con la extrema izquierda. Un estudiante, un sindicalista, un líder social eran sumariamente tildados de guerrilleros. Los guerrilleros a su turno degradaron una pregonada ansia de liberación, mediante secuestros, contagio narcotraficante, apego a regímenes dictatoriales condenados por la historia.

Cuba, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte y los antiguos líderes del socialismo, China y Rusia, demostraron por décadas que el remedio contra el capitalismo resultó peor que la enfermedad. Los dos últimos abrazaron este aborrecido sistema, guardando eso sí dentro de sus fronteras el ahogamiento de las libertades. Así pues, la izquierda se convirtió en el espantajo para las multitudes del planeta.

De modo que los antiguos izquierdistas se acercaron a los entusiastas de la democracia y conformaron la tendencia de centro-izquierda. Carecen de líder visible y de movimiento organizado, son un gesto adolescente como el de Greta Thunberg, enfatizan sus voces, fruncen la frente, abominan por parejo de la violencia y de la extrema derecha.

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