Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Extremismos a la colombiana

Los eventos de las últimas se - manas relacionados con corrupción política sugieren un patrón de acontecimientos, relaciones y redes que es bueno no pasar por alto.

La condena de Alberto Santofimio Botero por la Corte Suprema de Justicia es aún otro indicio, pero también acaso el más poderoso símbolo, del enorme grado de deterioro al que llegó el centro político colombiano en la década de 1980. Apoyándose en narcos, en paramilitares y en otros factores de ilegalidad, el oficialismo liberal logró mantener su posición dominante a costa de un profundo deterioro de la vida pública colombiana. Al oficialismo lo acompañaron otras fuerzas, sobre todo pero no únicamente provenientes del mundo del bipartidismo histórico. Y, sin embargo, estos tipos no eran extremistas. Aunque Santofimio mismo fue, con otros muchos jefes del oficialismo, enemigo de la paz belisarista, es difícil encontrar en sus discursos y propuestas institucionales algo que sugiera la existencia de las redes homicidas en que aparentemente estaba involucrado. Sus últimas posiciones como figura de primera línea consistieron en proponer el tránsito al sistema parlamentario. Más bien banal, pero ni terrible ni agresivo. Era algo así como el comportamiento del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en este caso predicando por un lado la sana competencia democrática y cultivando morosamente sus latinajos para el tipo de público cultivado al que hablaban los políticos tradicionales, y enredándose por otro en dinámicas homicidas cuando se suponía que nadie estaba mirando.

Pero junto con el caso Santofimio se han ventilado otros (Fondo Ganadero de Córdoba, Yamhure, nuevos eventos relacionados con la juerga que hubo en el Ministerio de Agricultura en la pasada administración) que pertenecen a una época más reciente y que, pese a las obvias analogías con el de Santofimio, muestran una diferencia simple y fundamental. Que consiste en lo siguiente: sus protagonistas han abandonado el campo del centro político y han basculado con creciente intensidad al extremo. Contrariamente a Santofimio, los nuevos actores que juegan en la legalidad pero combinando a su manera todas las formas de lucha han descubierto por fin un lenguaje extremista que les permite vincular posiciones públicas con sus intereses privados vitales. Los incentivos son sustanciales. Desde el lado público, la existencia de una fuerte (presumo) base social y electoral radical que no abarca a todo el uribismo, pero que indudablemente anida en él. Desde el lado privado, toda clase de incentivos, que van desde el simple robo de tierras y el esfuerzo por legalizarlo, hasta la lucha a brazo partido por garantizar la impunidad para un conjunto de delitos cometidos desde arriba. En el curso de esta saga hemos visto a periodistas que —con motivo de la campaña por la prohibición drástica y sin excepciones del aborto— se llenaban la boca hablando de respeto a la vida consultando alegremente con genocidas, y a expresidentes de la República deslegitimando internacionalmente el Estado de Derecho para justificar la huida de una de sus fichas.

¿Será entonces que con el fin del bipartidismo tradicional y su transformación en un sistema más complicado, más difícil de interpretar, ha surgido un discurso extremista de derecha que competirá abiertamente en las elecciones? ¿Se dejará contar? ¿Cuánto éxito tendría Mr. Hyde, liberado ya de toda esquizofrenia pero también desprovisto de las apariencias protectoras que le prestaba el Dr. Jekyll? Pero, más crucialmente: ¿cuándo lograremos que el conjunto del sistema político quepa dentro de la legalidad?

 

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