Por: Alejandro Gaviria

Extremistas educados

¿ES MÁS FÁCIL NEGOCIAR UN ACUERDO razonable de desmovilización con los actuales jefes de las Farc, hombres de ciudad, intelectuales con estudios universitarios, que con los antiguos jefes, campesinos sin educación, desconocedores de las transformaciones ideológicas y sociales de Colombia y del Mundo?

¿Es el radicalismo, el extremismo guerrillero un reflejo de la desconfianza inevitable del hombre del campo ante el universo desconocido, amenazante de la ciudad? ¿Es más fácil negociar con Canoque con Jojoy? Muchos analistas de nuestra realidad han argumentado, con cierto optimismo, genuino o fingido, que las preguntas anteriores tienen una única respuesta: sí. La columnista Patricia Lara, por ejemplo, escribió recientemente que Cano (un hombre culto y frentero) tan diferente de Marulanda (un personaje rústico y taimado) encarna una esperanza de paz. “Así como a Marulanda lo percibí como un ser peligroso, capaz de cualquier cosa, desconfiado, distante, que no miraba a los ojos, con quien no sentí que tuviera algo en común, usted me pareció un hombre de ciudad, culto, de buenos modales, con quien era interesante discutir, hablar… siempre creí que, si un día llegaba a comandar las Farc, Colombia podría recorrer caminos mejores”.

Pero la opinión de Patricia Lara, compartida por muchos comentaristas nacionales, es ingenua en el mejor de los casos. El radicalismo, el extremismo ideológico y las concepciones alucinadas de la realidad de muchos jefes terroristas poco o nada tienen que ver con la falta de educación, con las privaciones materiales o con el aislamiento rural. El economista Alan Krueger ha mostrado que los extremistas islámicos son más educados (y refinados) que el promedio de la población. Los universitarios, por ejemplo, son más propensos a reportar que los ataques suicidas están justificados o a apoyar un ataque armado en contra de Israel. Krueger cita a un trabajador de las Naciones Unidas que entrevistó a decenas de extremistas palestinos: “Ninguno carecía de educación o era desesperadamente pobre, burdo o deprimido. La mayoría eran de clase media. Dos eran hijos de millonarios”. En Europa, para no ir tan lejos, los neonazis y, en general, los perpetradores de crímenes raciales no son desempleados rabiosos. Son jóvenes universitarios con visiones radicales, llenos de cucarachas en la cabeza.

El sociólogo Diego Gambetta ha argumentado que las universidades crían (o alimentan, al menos) las cucarachas que llenan las cabezas de los extremistas: el retorno a la comunidad mítica del profeta, el señalamiento paranoico de un único enemigo que entroniza todos los males, la pasión moralizadora, la represión de la diferencia, la intolerancia, etc. Gambetta sólo ha estudiado el papel de las escuelas técnicas en el mundo musulmán. Pero sus ideas tienen, creo yo, una aplicación más general, desbordan las circunstancias específicas del extremismo islámico. La diferencia entre Cano y Ayman al-Zawahiri (el ideólogo de Al-Qaeda) es más de forma que de fondo.

Los comunicados recientes de las Farc, escritos por personas educadas, por extremistas letrados, contradicen el optimismo de Patricia Lara, la visión ingenua de los guerrilleros cultos, de buenos modales. El extremismo no es un reflejo de la falta de educación, no es un resultado del aislamiento físico. El extremismo es una forma de aislamiento intelectual. En últimas, el principal obstáculo para un acuerdo con las Farc no es la ignorancia o la tozudez campesina. Es otra forma de ignorancia, un estado no de vacío, sino de llenura como decía Estanislao Zuleta, un dogma profesado por extremistas educados dispuestos a imponer su visión alucinada de la realidad por medios violentos.

Los dogmas, casi sobra decirlo, son difíciles de cambiar. Las cucarachas, incluso las mentales, nunca mueren.

agaviria.blogspot.com

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alejandro Gaviria

Última columna

La guerra y la paz

Estado paternalista

Plata olímpica

Petrogrado