Por: Tulio Elí Chinchilla

Fado y Amália

Nadie debería negarse el deleite espiritual de la expresión musical que más profundamente traduce el alma portuguesa: el fado. Aunque entre nosotros poco suena, salvo en emisoras culturales, un fado es una canción folclórica urbana (al igual que el tango) y ha tenido como su escenario natural las tabernas y fiestas populares.

El fado expresa el lado triste y doliente de la vida; entraña aquello que Unamuno llamó el “sentimiento trágico de la existencia”, señal particular del pueblo peninsular. Su etimología latina lo delata: de fatum, que no significa fatalidad, sino cruel. Por ello casi todos los fados son canciones nostálgicas, llenas de melancolía, se cantan con voz tersamente desgarrada, similar a la de las cantaoras andaluzas y flamencas, pero sin el patetismo dramático de éstas. Se acompañan con guitarra portuguesa, que poco tiene en común con la guitarra española de raíz árabe. Su pequeña caja, sus doce cuerdas de voz llorona y rumoroso lamento, hacen de este instrumento lo más parecido al tiple colombiano en cuanto a timbre, especialmente cuando, punteado, dialoga con la voz. Tal vez tengan en el laúd o la guitarrilla renacentista un antepasado común.

Más que un solo ritmo, el fado abarca varios, de diferente compás, lento y movido. Su origen se remonta al siglo XIX y su procedencia cultural se la disputan varias hipótesis: algunos descubren en él los cantos brasileños que regresaron a Portugal (cantos “de ida y vuelta”, como la habanera española); otros advierten raíces africanas provenientes de Cabo Verde, razón por la cual comparte la dulce melancólica de las melodías cantadas por la magnífica caboverdiana Cesárea Évora; y otros advierten reminiscencias del desgarramiento cantoral árabe, como también de la tradición melódica mediterránea. Tal vez sea una mezcla de todo eso, porque, como dijera Borges, nadie se debe a una sola sino a muchas vertientes culturales.

Que el fado haya logrado validez universal lo debemos en gran medida a Amália Rodrigues y sus canciones: ‘Ai María’, ‘Fado Meu’, ‘Fado Portugués (Coímbra)’, ‘Flor de Lua’, y el antológico ‘Abril en Portugal’, entre otras. Hoy la continúan intérpretes modernas como Mariza, Mísia y Dulce Pontes. Todas ellas —como Cesárea Évora (“diva de los pies descalzos”) para la canción melancólica africana—, son divas grandiosas, capaces de hacer sublime el dulce-amargo de nuestro espíritu, para lo cual no necesitan proezas comerciales como la de Lady Gaga y sus extravagancias: 12 millones de copias del álbum The Fame, vendidas desde 2009.

Como buen síntoma de que ese género puede renovarse y conquistar más adeptos, hace 25 años el cantautor español Carlos Cano grabó el exitoso fado ‘María la portuguesa’, un lamento de corte moderno y sabor a pasodoble contemporáneo (con batería y bajo electrónico), aunque su motivo poético revive una leyenda de amor desgraciado del siglo XVIII. También la película Fados, de Carlos Saura, quiere mostrar para el fado nuevos horizontes creativos e interpretativos.

Cuando se escuchan los fados de Amália Rodrigues en algún café rinconero de las murallas de Cartagena, se hacen más enternecedores los tintes del atardecer del Caribe.

 

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