Por: Andrés Hoyos

Fajardo a la hora de la verdad

SERGIO FAJARDO ME PARECE EL MEjor candidato entre los que a estas alturas tienen opciones de ganar la elección presidencial de 2010. Hizo una gran alcaldía de Medellín, en la que rompió valerosamente con una tradición funesta, y hasta ahora su campaña ha acertado.

Sergio leyó bien las claves del panorama posturibista, negándose a aparecer como enemigo de la Seguridad Democrática al tiempo que se resistía con éxito a ser triturado por la polarización. No obstante, la presión sobre él promete aumentar mucho. Todo lo que diga será amplificado y debatido, como serán explotados sin piedad los posibles errores que cometa. Nada demasiado raro: se llama la hora de la verdad.

Quizá parezca paradójico considerando lo dicho hasta ahora, pero muy pronto las tomas de posición claras serán menos riesgosas para Sergio que la continuada indefinición. Una razón para ello es que a falta de asideros polémicos en el presente sus adversarios podrán ensañarse con el pasado, y en particular con la supuesta participación de Don Berna en la pacificación de Medellín. Yo no creo para nada en eso, lo que no quiere decir que la situación no sea problemática para Fajardo si sus adversarios consiguen convertirla en un telón de fondo de la campaña. El otro inconveniente es que la indefinición del candidato podría convertirse en un fuerte pretexto para atacarlo, habida cuenta de que Juan Manuel Santos, su más potente adversario, tiene posiciones muy conocidas: las del Gobierno.

Una manera sencilla que tiene Sergio de resolver las posibles dudas sobre la seguridad sería ofrecer desde ya la cartera de Defensa a una persona que las despeje. Pero aun con eso, son muchos los temas sobre los que no se ha pronunciado con claridad. No tiene una posición definida sobre las elecciones parlamentarias y no ha acordado con los sectores de centro que le son objetivamente cercanos —aquellos que derivan sus votos de las ciudades y de la clase media educada—, una agenda legislativa mínima. Aislarse de la campaña al Congreso da una impresión de liviandad por parte del candidato; además, preludia serios problemas de gobernabilidad si llega a ganar la Presidencia. Creo que debe darse por descontado que de las próximas elecciones surgirá una importante fuerza parlamentaria uribista, cuya agenda podría consistir en maniatar a cualquiera que no sea de su cuerda, a menos que esta persona se comprometa a pasar la segunda reelección no inmediata, algo que convertiría al entonces ex presidente Uribe en una pesadilla constante para el inquilino que ocupe la Casa de Nariño.

Tampoco sabemos con certeza si Fajardo es amigo de los tratados de libre comercio —aunque a veces parece que sí, nunca los ha defendido en forma contundente—, si va a adelantar un política agresiva que contrarreste la contrarreforma agraria hecha por los paramilitares y la mafia, si tendrá la valentía de proponer una reforma tributaria que aumente el recaudo de impuestos, ya que el 23% del PIB que hoy se recoge no basta para sacar al país del conflicto ni para atacar con éxito la muy regresiva distribución del ingreso que en parte lo alimenta. Las guerras exitosas, las reparaciones a las víctimas —sean del Estado o de las fuerzas irregulares— y la reeducación de un país son todas políticas que cuestan mucha plata.

Sergio Fajardo está, pues, en su hora de la verdad. Ojalá acierte.

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