Por: Luis Carlos Reyes

Fajardo: un voto por la democracia

No es exagerado pensar que en estas elecciones está en juego la democracia liberal. Es decir, está en riesgo la existencia de un sistema que respete la separación entre el poder ejecutivo, el legislativo y judicial. Los líderes que buscan imponer a toda costa la voluntad de la derecha o de la izquierda son peligrosos, no tanto porque se equivoquen en tal o cual política pública, sino porque al socavar la separación de poderes crean herramientas antidemocráticas que luego pueden usar a su acomodo, aun y si llegan a perder el apoyo popular. Polariza y vencerás: como lo han resaltado los expertos en el tema, esa fue la estrategia de Chávez para acabar con los pesos y contrapesos de la democracia venezolana.

Tanto Duque como Petro son candidatos antidemocráticos en ese sentido. Duque será el candidato de muchas cosas, pero si es candidato de algo es el candidato de Uribe. Si no lo fuera no sería nadie. Independientemente de si uno piensa que la seguridad democrática y los demás logros del expresidente son valiosos, hay que rechazar su pretensión de gobernar por testaferro. Álvaro Uribe se ha esforzado como pocos para aumentar el poder de la Presidencia y debilitar la separación de poderes en la democracia colombiana: fue él quien cambió la Constitución para poder reelegirse y quien, no pudiendo gobernar un tercer período, orquestó la victoria de un candidato que le permitiera ejercer el poder en cuerpo ajeno. Que Santos haya tenido otros planes —y que haya estado dispuesto a acabar con la reelección— es una buena fortuna que sería imprudente esperar que nos tocara dos veces. De igual manera, la propuesta de Duque de transformar radicalmente las altas cortes, con las cuales el líder de su partido tiene innumerables conflictos, debería causar la mayor de las alarmas. Al igual que Vladimir Putin, Uribe está dispuesto a subvertir el espíritu de las leyes para manejar el país a su acomodo. Como dicen con acertado humor negro, en español Medvedev se dice Duque.

En el caso de Petro, sus malabares para echarle la culpa de los males de Venezuela al petróleo o a Maduro y no a Chávez demuestran que no entiende, o no le importa, la manera en que Venezuela se volvió una dictadura. La culpa la tiene ese líder carismático al que él admira, que concentró todo el poder alrededor de sí mismo y terminó convirtiendo al poder legislativo y al judicial en títeres del presidente. Un sistema democrático podría haber controlado sus excesos y reversado sus errores, pero las reformas constitucionales de Chávez —logradas con mayorías en las urnas— lo hicieron imposible. Para que la democracia se mantenga no es suficiente gobernar por montonera, sino que hay que respetar la separación entre poderes, y la facilidad con la que Petro propone reemplazar la Constitución (uno de los primeros pasos dados por Chávez) es preocupante.

Afortunadamente, nuestras opciones todavía no se limitan a estos protocaudillos tropicales. En circunstancias así, un voto por Sergio Fajardo es un voto a favor de la democracia liberal, de la separación de poderes. Las propuestas económicas de Fajardo no amenazan al empresariado, ni tampoco desconocen que la desigualdad es un problema serio que hay que abordar. Su carrera como alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia demuestra competencia administrativa y coherencia con su discurso anticorrupción. Pero, ante todo, su programa de gobierno no empieza por reemplazar o cambiar drásticamente la Constitución, ni mucho menos se basa en lealtades tribales a ningún líder. Lo que propone Fajardo se enmarca dentro de los límites constitucionales y la separación de poderes que estos imponen. Si uno quiere un país en el que las leyes y las instituciones sean más fuertes que los caudillos, la mejor opción de voto es Sergio Fajardo.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

 

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