Por: Ramiro Bejarano Guzmán
Notas de buhardilla

Falsa reconciliación

Iván Duque pregona su deseo de que nos reconciliemos, pero, como van las cosas, no parece que esa ilusión se haga realidad, empezando por su propia actitud.

Elegido, Duque anunció que se propone “conducir a Colombia a pasar la página de la polarización, para que nos unamos en unos propósitos de país”, pero su talón de Aquiles es que aun hoy, en las puertas de la “Casa de Nari”, no tiene clara la dimensión del problema a resolver. Según el nuevo mandatario, “el error fue haber dividido a los colombianos entre amigos y enemigos de la paz”, análisis inexacto y simplista que parte del supuesto de que el uribismo nada tiene que ver con ese terrible mal de la polarización, y que la culpa de la misma es de los demás. Explicable óptica uribista, pero pésima estrategia reconciliadora.

No, doctor Duque, aterrice. Si en verdad acaricia el propósito loable de conseguir que vivamos tranquilos a pesar de las diferencias, hay que empezar por reconocer que la primera piedra de la discordia la pusieron ustedes —el Centro Democrático—, y concretamente su jefe, Álvaro Uribe. En efecto, cuando se hicieron ostensibles las diferencias de los colombianos frente al proceso de paz, ya el país estaba polarizado porque el gobierno de Uribe —al que sirvió el próximo presidente en una modesta oficina del BID en Washington—, en nombre de la seguridad democrática, censuró a sangre y fuego sus discrepancias con muchos sectores. El espionaje desatado durante ese régimen oprobioso a magistrados, opositores y a muchos columnistas que no comulgaban con ese gobierno corrupto dividió severamente a la Nación y no de manera pasajera. El talante de un gobierno inspirado en que todo aquel que opinara en contra suya era tratado como amigo de las Farc, del narcotráfico, o como delincuente, causó la polarización que luego se prolongó con la visceral oposición que Uribe le montó a Santos apenas iniciado su mandato, cuando ni siquiera había hablado de negociar con la insurgencia, sólo porque en el gabinete ministerial fueron nombrados Rafael Pardo y Germán Vargas Lleras, antiguos aliados del irascible expresidente que desde entonces cayeron en desgracia con él.

Reconciliarse no consiste en trasladar pecados al contrario y ponerse a salvo de los propios, sino en propiciar espacios donde quienes son contrapartes estén dispuestos a reconocer mutuamente sus errores y enfrentar el futuro sin conflictos. Lo que Duque pretende es imponer “su” paz, pero a partir de que todos acepten que el uribismo es víctima de la polarización y no el victimario que fue y seguirá siendo. Eso es confundir reconciliación con rendición.

Esa actitud de considerar que fueron otros los causantes de la polarización sigue latente en el comportamiento belicoso de algunos soldados del nuevo gobierno, según se sabe por las accidentadas reuniones de empalme en ministerios y departamentos administrativos. Lo que deberían ser reuniones cordiales en las que los voceros de Duque sean informados del estado en el que encontrarán las cosas cuando asuman el poder, se han convertido en escenarios para cuestionar a los funcionarios salientes, y para pasarles cuentas de cobro por el resentimiento que todavía alimentan por haber estado viudos de poder. Eso sin contar con uno que otro abuso, como el que se suscitó en el ICBF cuando un exmagistrado, quien se anunció como miembro de una de las comisiones de empalme, pretendió presionar en un asunto en el que actúa como abogado.

Va a tener que cambiar de táctica Duque si aspira a reconciliarnos. No basta con ser el símbolo de la unidad nacional, sino ejercerlo con contundencia y sinceridad. A propósito, ¿por qué el novel mandatario solo abrió su boca para rechazar, sin convicción y tardíamente, los crímenes de líderes sociales, pero luego de que Gustavo Petro y Ángela María Robledo le criticaron su inexplicable silencio? Está lejos el sueño de la reconciliación.

Adenda. Bien que la JEP haya convocado a los jefes de las Farc para que den explicaciones y respondan por los secuestros. Es parte de la verdad que necesitamos.

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