Falsas equivalencias

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Por tantas partes se oye que al país lo consume la polarización. Se afirma que esta tiene que ver con el resentimiento de la gente joven, las infiltraciones guerrilleras de la protesta, la cultura de la cancelación que permea a los pueblos indígenas, la terquedad de la extrema izquierda, la maldad del foro de São Paulo, del chavismo intermitente de Juan Manuel Santos y la permisividad en ideologías de género. Pero quizá no es así. Lo que vivimos desde hace ya algún tiempo es una radicalización fuerte de la derecha, en cabeza de las distintas facciones del Centro Democrático, el partido de la U, Cambio Radical y los rezagos clientelistas de las colectividades de otrora: partidos Conservador y Liberal. Ante semejante radicalización, cualquier reivindicación social o redistribución parece imposible.

En el pasado el país vivió unas décadas similares en cuanto a diagnósticos imprecisos de polarización. Entonces no había coca ni guerra contra las drogas y la política formal era entre cachacos con modo. Sin embargo, hay ciertas similitudes entre la antesala a los desgobiernos de Laureano Gómez e Iván Duque. A través de los años 40 reinaba entre la centroizquierda una completa división (tal y como en los últimos diez años). Pese a que Jorge Eliécer Gaitán hacía esfuerzos por liderar el partido Liberal, se reunían también facciones alrededor de Gabriel Turbay. Ambos hombres sufrieron al calor de la división y a finales de aquella década, tras la muerte de Turbay en París en 1947, era Gaitán quien persistía en unir al partido y llegar otra vez al gobierno. Aunque uno podría pensar en Gaitán, a través de lo que evoca la palabra “polarización”, antes de ser asesinado el líder de la izquierda liberal intentaba conciliar. Conciliar no sólo con el centro y la derecha al interior de su propio partido, sino también participando en la llamada Unidad Nacional Ospinista. Esta última hacía parte de una iniciativa de paz y reconciliación puesta en marcha en 1947 por el gobierno conservador de Ospina Pérez.

Aunque el nombre de unidad nacional puede engañarnos, lo cierto es que en el 47, como ahora, el país se empantanaba debido principalmente a la radicalización de la derecha. Esta se manifestaba desde antes de 1948 con los asesinatos de líderes y seguidores liberales en provincia. Para ese momento quien estaba frente a la presidencia era Ospina Pérez, pero la salida de madre del partido Conservador la había trabajado y consolidado Laureano Gómez. Durante el segundo periodo presidencial de López Pumarejo, Gómez había asumido una ruta radical. Pese a que no había Twitter, el dirigente tenía una tribuna diaria en el periódico El Siglo, donde tiraba línea predicando sobre temas desde el catolicismo (contra los “hijos naturales” que la izquierda dejaría entrar a las escuelas públicas), hasta el antisemitismo y el mandato patrio contra la democracia, a la que muchas veces le achacaba la corrupción.

Como sucede al interior de la derecha hoy día, Gómez usó la impresión diaria de El Siglo para acosar a quienes dentro de su partido optaban por salidas dialogadas y de centro. Así, mientras en las filas de Gaitán, López y los Lleras se discutía (pese a las divisiones profundas) sobre las formas de salir de la desunión y moverse hacia las concesiones, entre los conservadores las palabras de rabia y miedo de Gómez movían al partido afuera de la legalidad. Tal y como aparecieron en Twitter los mensajes de Uribe Vélez llamando a la militarización de Bogotá, el desconocimiento de la autoridad distrital electa por voto popular y la “expulsión de extranjeros”, aparecieron por entonces en El Siglo los mensajes de Gómez llamando a “la acción intrépida” y “el atentado personal”. Como nos cuenta el profesor Atehortúa Cruz, luego de la segunda elección de López, Laureano Gómez anunció a quien fungía como embajador de Estados Unidos, Spruille Braden, una oposición radical y hasta la “guerra civil” contra el próximo gobierno. Además de El Siglo, Gómez tenía su curul en el Senado desde donde explicó cómo López debía temer por su vida si se atrevía a posesionarse.

La expresión “hacer trizas la paz”, puesta de moda por el Centro Democrático en 2017, puede verse hoy a la luz de la consigna laureanista de “hacer invivible la república”.

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