Por: Lisandro Duque Naranjo

Falso presidente

EMPECÉ A ESCRIBIR ESTE ARTÍCULO el jueves y por cualquier motivo aplacé su conclusión para el viernes, día en que lo despacho al periódico.

Entre un día y el siguiente, sin embargo, una noticia nueva me amplió el espectro de lo iniciado el día anterior. El jueves, por ejemplo, arrancaba así, y discúlpenme que me cite entre comillas: “Es probable que haya varios funcionarios de alto nivel del anterior gobierno que no estén implicados en actos de corrupción. Pero no deja de ser grave que en un colectivo burocrático tan numeroso lo que resulte excepcional sea la honradez”.

Ahora veamos la novedad que obligó a un recomienzo: pareciéndome apenas una medianía la doctora Elvira Forero, directora del ICBF, de todas maneras era una de las funcionarias a las que suponía exentas de indelicadeza o ingenuidad en su gestión gerencial. Además, a propósito de contratistas ladrones —entre tantos que hay, escojamos a los Nule, por ejemplo—, ¿quién iba a pensar que un instituto de bajo presupuesto, como el que dirige la doctora Forero, iba a ser objeto de fraudes por parte de ese trío delincuencial? Pues me equivoqué: según El Tiempo del viernes, la esposa de uno de los Nule, Rina Mendoza, socia a su vez de Edmundo del Castillo, jefe jurídico del anterior gobierno, tiene un contrato de 653 mil millones para proveer bienestarina al ICBF. Obvio entonces que las tres empresas licitantes fueran suyas y que un hermano de Del Castillo, llamado Gabriel, fuera el director jurídico de la entidad adjudicadora. Hasta ahí, la rapacidad repite el patrón ya conocido del incesto entre organismos del Estado y familias hamponas (Carimagua, AIS, CNE, Incoder, Finagro, cuerpo diplomático, bla, bla, bla). Con un agravante: que si dejar inconclusas las obras de ingeniería vial (túneles, puentes, dobles calzadas, avenidas, etc.) ha convertido al país en un pantanero, dejándolo en “la cochina calle” según el caricaturista Osuna, el hecho de que la “bienestarina” provista no sea tal, sino un producto adulterado a base de “ácido sórbico”, sin propiedades nutritivas (dice la funcionaria que inútil, aunque no dañino, lo que estaría por verse), ya es un acto de vandalismo mayor contra los pelados pobres a los que supuestamente protege el ICBF.

Pocas veces la corrupción ha tenido las magnitudes que alcanzó durante el anterior gobierno. Se ejercía sin pudor ni cautelas, no sólo por la inminencia —fallida, por fortuna— de una segunda reelección que garantizaría el encubrimiento, sino como fruto de la convicción presidencial de que los bienes públicos favorecían más a la sociedad estando en manos privadas, no importa, y tanto mejor si son las de amigos.

No tendría, entonces, el ahora expresidente, por qué negar la inspiración que les dio a los numerosos asaltantes de que se que rodeó. Si fuera tan frentero como dice ser, debiera asumir su responsabilidad y reconocer que su noción del Estado era equivocada o por lo menos que se la menudearon al detal sus más próximos, incluidos sus hijos, quienes se dedicaban a la alegría del pillaje mientras él se erigía en prócer contra “la far” y deliraba con hacerle la guerra a Venezuela.

Aún así, le queda muy cuesta arriba alegar que todo eso fue a sus espaldas. A él, tan vivo, no le luce el papel de incauto al que se lo pusieron de ruana quienes le merecían su confianza.

También puede ocurrir que sus descuidos o complacencias ante la sucesión de falsas extinciones de dominio, falsas desmovilizaciones de paras y de guerrillas, falsos positivos, falsas obras públicas, falsa bienestarina, falsos labriegos del AIS, falsas acusaciones a la Corte Suprema, falsas inocencias de su hermano, de su primo y de esos buenos muchachos de Nader, Noguera, Arana, Juan Camilo Osorio, general Montoya, etc., terminen convirtiéndolo para la memoria pública en un falso presidente.

Ningún final lo favorece.

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