Por: Alberto López de Mesa

Falsos chamanes

En la localidad de La Candelaria, en el centro de Bogotá, la Secretaria de Ambiente, la Policía Nacional y la Sijin, allanaron locales dedicados a la venta de supercherías con partes de animales silvestres, decomisaron por miles: crótalos de culebras cascabel, cabezas de tucanes, garras de tigrillos, caparazones de tortugas y armadillos, pieles de lagartos, cuernos de venados y etcétera de partes utilizadas para sortilegios, amuletos y sobre todo para conjuros afrodisíacos. El macabro decomiso fue presentado a los medios de comunicación como si hubiesen capturado al principal cartel del tráfico de animales silvestres e hicieron énfasis en que varios de los capturados son de ascendencia indígena.

Debe saberse que el uso de partes de animales para amuletos, fetiches y pócimas de hechicería, ha sido una práctica mundial, de todas las razas, todas las culturas y desde tiempos inmemoriales. Hace poco la ONU denunció que después del tráfico de drogas y de armas, el de animales silvestres está entre los negocios más lucrativos. Fue escandaloso el caso del riesgo de extinción de los rinocerontes en la Malasia porque con sus cuernos producen un polvillo supuestamente afrodisíaco.

En Colombia las especies más traficadas son la tortuga hicotea, el perico dorado y el mono tití.

El asunto es alarmante y su detención exige la voluntad de todas las naciones porque es decisivo el destino final, las millonarias compras de fauna silvestre para mascotas, las compras de pieles por parte de casas de moda e incluso, como en el caso chino, para la fabricación de productos de medicina ancestral.

Las personas que ofician, ya sea de vendedores de artículos específicos, de brujos, de clarividentes, de hechiceros, de pitonisas, de druidas, o de culebreros, adoptan fenotipos exóticos: pueden parecer gitanos, usan capas, turbantes, se dejan barbas y melenas preferiblemente canosas, y los indígenas con toda su parafernalia resultan muy atractivos, muy convincentes. Hay un grupo de músicos de Otavalo que interpretan temas andinos pero vestidos con petos y coronas de plumas de los indios Piel Roja de Norteamérica, porque la imagen es cinematográfica. En Leticia visité un pueblo Tikuna que se ponían taparrabos, sus atuendos tradicionales, cuando arribaba la lancha con los turistas. Alguna vez asistí a una costosa sesión de toma de yagé que se cumplió dentro de un Tipi de los Navajos y la oficiaba un antioqueño que hablaba y vestía como indígena mexicano de Chiapas. El famoso curandero y clarividente, conocido como “Indio Amazónico” tuvo un templo repleto, entre muchas cosas, de amuletos de partes de animales que compraban personalidades encopetadas de la sociedad.

La medicina y en general el saber indígena suele interpretarse desde lo mágico y lo enigmático. Lo cierto es que comunidades centroamericanas demandaron que la casa de perfumes Carolina Herrera por plagio de una fragancia que los nativos preparan con florecillas silvestres, aquí en Colombia se denuncia el frecuentes hurto, por parte de las multinacionales farmacéuticas, de remedios naturales de su tradición.

Cito todo esto, no como justificación del horrendo sacrificio de animales salvajes para el uso fetichista de sus partes, sino para explicar la proliferación de falsos chamanes que engrupen con menjurjes y supuestos poderes curativos o adivinatorios.

La obra del escritor y antropólogo norteamericano Carlos Castañeda, sobre Don Juan, un chamán indígena del sur de México, despertó tal entusiasmo que muchos asumieron como real inclusive los pasaje de ficción, el castanedismo, para muchos se volvió religión y dio origen a modernos fanatismos indigenista.

La discusión sobre ciertas prácticas indígenas exige una postura ética, legal y también filosófica, porque en aras de lo etnológico no podemos aceptar atrocidades, pero tampoco desde la mirada occidental no podemos censurar con escrúpulos saberes indígenas de gran trascendencia.

Yo creo en la responsabilidad con que han asumido los pueblos indígenas de América el cuidado del medio ambiente, en verdad reivindican la función ecológica de sus prácticas cotidianas en los territorios tradicionales, pero también en el amor y cuidado que profesan por el planeta. Eso es más importante y trascendental que el uso morboso de partes de animales por parte de timadores.

Las necesarias nuevas maneras de relacionarnos con la naturaleza, la obligatoriedad de conservar la biodiversidad y de procurar la mitigación del Cambio Climático, nos obliga a cambiar hábitos, a usar racionalmente los recursos naturales y eso incluye a los indígenas.

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