Por: Reinaldo Spitaletta

¿Falsos positivos? ¡Qué va!

El ingenio popular ya hace circular en internet un archivo en el que aparecen el candidato Juan Manuel Santos y una frase lapidaria: “Porque tú también puedes ser un falso positivo”.

El señor Santos, el que prefiere que le pregunten sobre la lechona y las arepas en vez de las relaciones con Venezuela, ha dicho, como para restarles importancia a los crímenes de estado, sobre todo los perpetrados cuando él era ministro de Defensa, que desde 1984 se cometen en Colombia los denominados “falsos positivos”.

Tal vez al ex ministro en trance de suceder a Uribe (eso creen él y Uribe), le parece una bicoca los más de mil setecientos casos de “falsos positivos” ocurridos entre 2006 y 2008; se le hace desdeñable que mientras estos crímenes se ejecutaban, el hoy candidato presidencial qué hacía, ¿sólo comer lechona?, ¿dejar tranquilos a miembros del Ejército de las 33 brigadas que presentaban esos casos como parte de los éxitos de la seguridad democrática?

Como habitamos en el reino de la impunidad, cómo lo más interesante en este país es mostrar como botín de guerra los cadáveres de muchachos, por ejemplo de Soacha, cuya única conexión con la guerra era su condición de víctimas, aquí no pasa nada. Qué va. Si falsos positivos existen desde hace años. Qué importan unos cuántos más. A quién puede interesar que maten a unos descastados y los hagan pasar por guerrilleros, si es parte de las bellezas de la seguridad democrática.

Pues sí. Desde hace muchos años se cometen en Colombia atentados contra los derechos humanos, contra los trabajadores, contra los miserables, y según la lógica del ex ministro Santos eso es normal; no es motivo, entonces, para preocupaciones. Así como desde hace años somos una neocolonia tropical gringa, una república bananera, un asiento de injusticias sociales, en fin.

Qué importa, por ejemplo, si hay inmaculados políticos que se unen a los paramilitares; qué de raro tiene que los del “tarjetón de La Picota” saquen ocho o nueve senadores; por qué rasgarse las vestiduras si en las elecciones circula a montones la “platica” del narcotráfico, o si hay fraudes electorales, o si se hace política “en cuerpo ajeno”. Es apenas normal. Es el paisito que tenemos.

Para qué tanta alharaca si el DAS hace espionaje a magistrados, periodistas y opositores, o si ha sido infiltrado por paramilitares, o si desde allí se dan a conocer listas de sindicalistas. Es un estilo de trabajo. Muy exitoso, por lo demás. Qué tanto era, por ejemplo, que a unos sindicalistas de Arauca se les diera de baja como si fueran guerrilleros. O matar a un profesor como el agrónomo y sociólogo Alfredo Correa de Andreis. Ha sido la historia colombiana y no hay que prestarle mucha atención.

Es la lógica del terrorismo de estado. Es la lógica de una nación que se apresta a conmemorar el bicentenario de su independencia, pero que sigue siendo un país dependiente. Con razón decía Fernando González, en 1936, “¡Qué asquerosa es mi patria!”. Hoy, su expresión sigue siendo válida. Y con creces.

Cómo será la situación de irrespeto por los derechos humanos en Colombia, que hasta Estados Unidos (uno de los mayores violadores de derechos humanos en el mundo) informa sobre la situación en su solar y se aterra de las “matanzas ilegales”, de la colaboración de los militares con nuevos grupos armados al margen de la ley, de las desapariciones forzosas y las detenciones arbitrarias.

¡Ah!, y lo más diciente es que todos estos atropellos y abusos contra los derechos humanos han aumentado en los últimos ocho años. Así que el célebre “embrujo” tiene que ver con pasar de agache frente al cúmulo de atrocidades. Es decir, sin que nada suceda. Por eso, algunos ya piensan en la intervención de la Corte Penal Internacional.

Al fin de cuentas, como muchos podemos ser parte de un “falso positivo”, lo más sano es dedicarnos a ver telenovelitas y partidos de fútbol, que nos evitan las pecaminosas tentaciones de pensar.

 

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