Por: Columna del lector

Falsos positivos y legitimidad política

Por Andrés F. Olivar Rojas

La imagen que tengo del general Mario Montoya se remonta a los años del primer gobierno de Álvaro Uribe. En un noticiero de televisión, durante el pico más alto del enamoramiento de Uribe con la opinión pública, se veía a un Montoya conmovido hasta las lágrimas luego de un atentado perpetrado por las Farc. El adusto y corpulento militar mostró a las cámaras el zapato de un niño en medio de los escombros como símbolo de la sevicia fariana.

El efectismo de este tipo de imágenes, moneda común del relato audiovisual de los canales privados entre 2002 y 2010, llevó a la creación de una imagen glorificada de las Fuerzas Militares y deshumanizada de la subversión. Esta despersonalización del otro, del “enemigo”, tenía otro correlato discursivo: el uso constante del adjetivo “terrorista” por parte del uribismo dirigido a las guerrillas e incluso a civiles que se atrevían a cuestionar al Gobierno de turno.

Los recursos simbólicos empleados para deshumanizar al otro son frecuentes en las guerras. Dado que las fuerzas armadas legítimas tuvieron que aceptar —de mala gana— el respeto por los derechos humanos, se apela entonces a formas más sutiles para eliminar al otro.

Este ambiente deshumanizado fue el caldo de cultivo de los falsos positivos. Ahora que se empiezan a conocer los testimonios de militares involucrados en asesinatos de civiles, se empiezan a dimensionar los excesos de la fuerza legítima del Estado. ¿Los llamados a ostentar el monopolio de las armas mataban civiles inocentes? Sí. Y la consecuencia inevitable es nada menos que la pérdida de legitimidad del Estado.

Lo narrado ante los tribunales de la JEP evidencia la deshumanización de la guerra en Colombia —como si existieran las “guerras humanitarias”— y, más allá de los fines políticos y propagandísticos —exhibir muertos y ver correr “litros de sangre”, según un testimonio—, se hace patente la instrumentalización del otro para alcanzar fines perversos, a costa de vidas absolutamente cosificadas, rebajadas a la categoría de nada, de significante vacío.

La eficacia simbólica de las Fuerzas Armadas reside en la legitimidad, concepto que parece dar patente de corso a quienes poseen las armas para acabar con la vida de quien caiga en la atarraya y hacerlo pasar por una baja legal. Según la clásica definición sociológica, la legitimidad es el consenso o aprobación de una figura de autoridad dentro de una comunidad política. Ese consenso o aprobación se logra mediante dos estrategias: una “dura”, el uso disuasivo del poder, y otra “blanda”, mediante el uso de imágenes que logren crear en el imaginario colectivo fidelidad a la fuerza “legítima”.

La imagen del general Montoya llorando por la barbarie de la guerra logró la lealtad de una opinión pública harta de los excesos de las Farc. Pero esta misma adhesión, o lo que es igual, la legitimidad, se pierde cuando nos enteramos de que el Ejército usó su poder para hacer pasar por guerrilleros dados de baja en combate a civiles inocentes. La televisión fue clave en el apoyo de la ciudadanía hacia las Fuerzas Armadas. Ahora que se conocen los excesos de la institución llamada a protegernos, ¿qué rol asumirán los medios de comunicación? ¿Se quedarán con la imagen del general conmovido o mostrarán los testimonios que lo reflejan como alguien a quien solo le importaba acumular cadáveres para complacer a quien era el comandante en jefe de las Fuerzas Militares, Álvaro Uribe Vélez? De esta decisión de los medios dependerán en buena medida la verdad, la justicia, la reparación a las víctimas y la no repetición de las dinámicas que dieron lugar al conflicto armado.

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2019-06-23T17:06:20-05:00

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2019-06-24T06:37:51-05:00

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Falsos positivos y legitimidad política

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