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El país de las maravillas

Falta coherencia, dignidad y empatía

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Ha sido una lección magistral la que estos jóvenes, los de las movilizaciones, plantones, cacerolazos y formas festivas y creativas de hacer notar su descontento y frustración generacional, les han dado a la sociedad y especialmente al gobierno Duque.

No era, no es, una discusión semántica, a pesar de que se trata de resignificar las ideas y conceptos que están en boca de las nuevas generaciones en medio de esta crisis acumulada, y que darían lugar a un neodiccionario para ilustrar a estas viejas castas tan prepotentes, tan enclaustradas, tan rancias como anticuadas.

Habría que iniciar clase, por ejemplo, con la idea pisoteada de la coherencia, manifiesta en su toma pacífica de las calles luego de haberse criado bajo los puentes de las autopistas de la información; expresada en su tránsito del ciberactivismo, como el de la ola verde, de la cual se burlaron impunemente, hasta alcanzar la voz empoderada que hoy se hace oír en cada esquina.

Y habría que deletrear, como lo han hecho estos jóvenes, palabras como dignidad que las generaciones mañosas convirtieron en excusa, cuando no en cortada. Esa dignidad encarnada a la altura de los ojos de los seres humanos y representadas en la sencilla igualdad de oportunidades educativas y laborales, de tratar y ser tratados social y personalmente con respeto, sin importar el origen;  de acceso al cacareado confort del cual se ufanan las crueles cifras de crecimiento económico y algunos de sus beneficiarios indolentes; pero también entendida  como la posibilidad de pasar por encima de la resignación, para ilusionarse y soñar con una meta posible, un futuro imaginado donde sean  lo que quieren y no lo que puedan ser, para romper con la maldición de la mayoría de las generaciones desilusionadas que los antecedieron.

Y habría que dimensionar emociones, pensamientos y acciones hoy resumidas en el universo, porque eso, el universo de la palabra empatía. Esa particular, y casi inédita condición en nuestro medio, de ponerse en los zapatos de los otros, de instalarse en la vida de los otros y de pensarse desde la vida de los otros para romper imaginarios de oposición entre estudiantes de educación privada con quienes padecen las afugias e injusticias de la pública; empatía, que se ha ido trasladando a los otros ámbitos sociales y que va más allá de la solidaridad, lástima o apoyo simbólico. Empatía que hoy tiene, tristemente, mártir propio. Sangre derramada. Dolor generacional. Cicatriz que nunca cierra.

Son ellos, los jóvenes todos, el símbolo floreciente de estas marchas intrépidas, de estas generaciones sin nombre que se niegan a canto y a verso a que ignoren su voz, que dijeron que no tenían nada por perder si tienen todo por ganar. De estas generaciones que son vestigio de lo que no nos dejaron ser, y hálito de un nuevo mundo por venir.

Que no los llamen, que los inviten de últimos, o que hagan como sino los oyeran, deja ver cuánta falta le hacen a la sociedad, a sus dirigentes y especialmente a este gobierno humildad para reconocer que no los merecen y que no son dignos de negarles el país que fueron incapaces de dejarles.

www.mariomorales.info y @marioemorales

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