Por: Eduardo Barajas Sandoval

A falta de autoridad

Ante la ausencia de una institucionalidad internacional idónea, los gamonales imponen disciplina a su acomodo, como en una aldea abandonada. 

Hay países que, sin mirar hacia su pasado, se atribuyen la potestad de juzgar la conducta de otros y protegerlos o castigarlos según su conveniencia. Todo, eso sí, a nombre de la lucha por la democracia, por la libertad y contra el terrorismo, o de argumentos similares a los de los opresores de pueblos, que siempre encontrarán, o inventarán, razones para justificar sus actuaciones. 

Nadie puede negar, y menos ocultar, la tragedia de Siria, asolada por la arbitrariedad, la indolencia y la violencia cruzada de actores internos, dentro de los cuales quien por vía hereditaria ejerce la presidencia, ocupa un lugar prominente. Pero también allí actúan poderes externos que, a distancia, aunque en algunos casos con agentes en el territorio, tramitan acciones en favor de lo que les pueda convenir en medio del desorden. Rusia, los Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia, Arabia Saudita, Irán, Israel y Turquía, además del engendro del Estado Islámico y otras “organizaciones” amorfas, compiten cada uno en defensa de sus intereses, con el resultado general de la destrucción de una sociedad que hace diez años llevaba una vida más o menos tranquila. 

El tejido de las varias guerras que se libran en tierra siria no ha dejado hasta ahora ganadores ni perdedores definitivos. La única víctima ha sido el pueblo sirio, abandonado a su suerte en medio de fuego cruzado, y objeto de atrocidades de toda procedencia, inclusive las que proceden del grupo beligerante de su propio gobierno. De ahí la huida en masa, en todas direcciones, de parte sustancial de la población, en busca de supervivencia, signo incontrovertible del fracaso de cualquier estado en el cumplimiento de los deberes elementales de buscar la armonía entre las diferentes comunidades que lo integran y la protección de la vida de su propia gente. 

Salvo pasiones desenfrenadas, miopía o ceguera calculada, resulta difícil creer que las imágenes de niñas afectadas por armas químicas, tratando de ser salvadas por médicos en medio de la angustia y la furia que produce la violencia injustificada, sean un montaje. La teoría de montajes perfectos no sirve en casos como este, cuando a todas luces es un hecho que alguien usó armas químicas que afectaron a personas inermes. 

Otra cosa es que resulte aventurado atribuir a una u otra organización o estado la autoría de semejante barbarie, sin que se hubiesen investigado los hechos por parte de un ente de cuya neutralidad y objetividad no quepa duda. Y es en el hecho de pretermitir esa instancia donde radica la equivocación de tomar medidas de fuerza para ejercer justicia por mano propia, sobre la base de apreciaciones ligadas a la animadversión preexistente hacia los presuntos culpables. 

La misión de averiguar lo que pasó, y de establecer responsabilidades, debería corresponder, por el acuerdo común de la mayoría de las naciones, a organismos equidistantes, dotados de elementos que permitan no solamente confiar en su ecuanimidad, sino en su capacidad para hacer claridad sobre la conducta de quien haya sido capaz de desatar ataques contra la población civil en cualquier parte del mundo. La Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, de Naciones Unidas, no había llevado a cabo su tarea, cuando Trump, con ira y aire de vengador, anunció el ataque, con el apoyo de Francia y la Gran Bretaña, a instalaciones sirias, calificadas por él como productoras de armas químicas. Ataque que, a los ojos de los legos, habría podido producir la explosión de las armas acumuladas.

La comunidad internacional, esto es los pueblos del mundo, más que los estados, vive hoy la angustia de no contar con organismos supremos, respetables, respetados, idóneos, garantes de la imparcialidad y la objetividad necesarias para cumplir, desde la institucionalidad, el acuerdo y el respeto, misiones que permitan calificar las conductas de los estados. De manera que no quede libre el campo para el ejercicio arbitrario de la fuerza sobre la fuerza, y contra la fuerza, que no solo es el origen de las guerras sino de una desazón que afecta el ánimo del mundo entero. En medio de esa preocupación, y de esa indefensión, que deberían ser subsanadas con la existencia y la vigencia de una institucionalidad confiable, aparece una vez más, orientado ahora hacia Siria, el mismo “aparato de castigo” que en su momento propició el ataque a Irak, con el argumento de la supuesta existencia en ese país de “armas de destrucción masiva”. 

Con su conducta arbitraria, tres de las cinco potencias miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, han pretermitido las reglas del Derecho Internacional, para imponer, por la vía de los hechos, una modalidad de intervención en otros países, a su acomodo, obrando a la vez como fiscales, jueces y ejecutores de la sanción entre ellos acordada. De manera que lo sucedido la semana pasada en Siria demuestra que nuestra famosa “aldea global” se parece a cualquier poblado en el que, a falta de policía, y en medio de una camorra fratricida en el seno de una familia, aparecen armados los gamonales del pueblo, en competencia brutal por ver quién es el más poderoso o el más astuto, y se salen con la suya.

Aunque a ojos de muchos todavía parezca ilusorio, utópico o impracticable, los ciudadanos del mundo debemos insistir en que, más temprano que tarde, se modifique el esquema de las instituciones de Naciones Unidas, para hacerlo más idóneo ante los signos de nuevos tiempos, de manera que se puedan controlar procesos destructivos como el de las guerras de Siria. La desconfiguración del sistema actual, acentuada por la acción desequilibrante de personajes erráticos como Donald Trump, que pretenden reemplazar las instituciones por los dictámenes de su propio criterio, nos lleva por un camino peligroso. Mientras los Estados Unidos creen erróneamente que el episodio quedó concluido, Rusia e Irán no han dado todavía su respuesta; para no hablar de otros actores que pueden irrumpir con nuevos papeles en el escenario. 

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