Por: Pascual Gaviria

Familia política

Los políticos construyen poco a poco una especie de árbol genealógico en el que van regando el ADN de sus afectos, sus intereses, sus ideas y sus apremios electorales. Esa maraña de funcionarios, hojas de vida, comparsas de tarima, secretarios privados y consejeros ocultos se convierte en una familia numerosa y problemática, imposible de invitar completa a las fiestas y de presentar con orgullo en las reuniones. Pero en la política lo importante es sumar.

En épocas ya idas un gran cacique liberal decía manejar 25 mil puestos públicos en Antioquia. Era su orgullo y su poder. Las palabras clientela y parentela parecían una sola y los archivadores eran la gran herramienta de los caciques a falta de los hombres del computador. Los políticos construyen el álbum de su gran familia foto a foto, contrato a contrato, voto a voto. El resultado es un vademécum con fines privados, una especie de agenda para alardear en el directorio. De puertas para afuera es mejor no exhibir algunas páginas y purgar el álbum. Completo suele parecer un prontuario.

Por eso, una buena estrategia para diferenciar a los políticos es darle una mirada a la estirpe construida en sedes de campaña, oficinas públicas y tarjetones. Miremos el álbum del más bulloso de los últimos tiempos, un hombre que grita su pulcritud a pesar de servir y servirse de condenados de todos los colores y calañas. En la familia cercana a aquel presidente se encuentra un primo muy hermano de los paramilitares. Hace tres años salió de la cárcel y nada se sabe del que nada se supo cuando era hombre público. Lo suyo eran los susurros. El hombre que lo reemplazó en el Congreso también fue condenado. Su partido, Colombia Democrática, murió por sustracción carcelaria de materia. También estuvieron al lado del jefe de entonces los partidos Convergencia Ciudadana, Colombia Viva y Alas Equipo Colombia. Y como ahora se habla de las listas cremallera hay que recordar a Rocío y Eleonora, las comadres que hicieron lo propio en el Bajo Cauca para que llegar hasta Córdoba fuera más fácil. Allá lo esperaba Miguel de la Espriella para servirle de puente con las AUC. Está la declaración del congresista condenado y la foto de su jefe como padrino, cargando a uno de sus hijos en un bautizo muy blanco, de esos de tierra caliente. En Sucre estaba Salvador Arana, asesino y exembajador en Chile del gobierno que quería evitar la hecatombe.

Ahora que se habla de los contratos del Fondo de Programas Especiales para la Paz es bueno a los “oenegeros” del gobierno anterior. Entre quienes movían los helicópteros y prestaban seguridad están Guillo Ángel y Juan Felipe Sierra. Porque es más fácil hacer la paz armando a los amigos que desarmando a los enemigos. Y ya que hablamos de pillos de corbata y gafas oscuras hay que recordar a Noguera y Narváez, un jefe infantil que cubría a un subalterno perverso. Nos hemos acercado al uniforme y hay que ponerse firmes para la foto con Rito Alejo del Río y Carlos Alberto Ospina, uno en la sombra y el otro cubierto por sus soles. Para cuidar la espalda del expresidente dejamos al general Santoyo, que cobraba sueldo en todas las oficinas.

En ocasiones toca admirar esa triste especie que constituyen los políticos solitarios, los que buscan curarlo todo con un gesto tembloroso.

 

 

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