Colombia clasificó a cuartos de final de la Copa América

hace 6 horas
Por: Juan Gabriel Vásquez

¿La familia según quién?

La Corte Constitucional ha fallado a favor de Chandler Burr.

El caso ha marcado una cierta concepción del Estado laico, tolerante y de derecho: lo ha defendido contra los ataques irracionales, y sobre todo injustos, de esa organización injusta e irracional que es la Iglesia católica. Para cuando se publique esta columna, por otra parte, es posible que la Corte se haya pronunciado ya sobre los derechos de Ana y Verónica, la pareja de mujeres que hace tres semanas dio a este periódico una de las entrevistas más lúcidas y sensatas que he visto jamás. Y no hay ninguna razón humana —quiero decir: opuesta a la superstición y la ignorancia de quienes viven en un reino que no es de este mundo— por la que el fallo no deba darse a favor de las dos mujeres. Los fallos de la Corte son, en estos tiempos que corren, una de las pocas razones para el optimismo en Colombia.

Da un poco de vértigo darse cuenta de la cantidad de cosas que dependen ahora mismo de la Corte Constitucional. O, por decirlo de otro modo: la cantidad de momentos de nuestra vida civil en que la Iglesia católica sigue siendo una fuerza de intolerancia y retraso. Los fallos que mencioné más arriba tienen algo en común: en ambos se habla, en el fondo, de un enfrentamiento entre modelos de familia. Y eso está bien, claro: lo normal es que la sociedad vaya definiendo lo que entiende por esa palabra, y lo normal es que lo haga mediante el conflicto. Pero lo que no es normal, y lo que debería parecernos escandaloso y misteriosamente no parece escandalizar a nadie, es que el modelo de familia que se intenta imponer en esta sociedad tenga, como principales valedores, justamente a quienes han decidido no tener familia.

Eso es lo que son José Vicente Córdoba y los sacerdotes que, de su mano, se han lanzado como fieras contra los homosexuales que quieren adoptar un niño: son gente que decidió no tener familia. Lo ignoran todo al respecto: no saben lo difícil que es vivir con alguien, no saben cuánta energía cuesta, cuánto desgasta y cuánto hay que superar; no saben lo que es tener un hijo, acompañar con ansiedad el embarazo de una mujer, perder el sueño y la paciencia y el equilibrio vital cuando ese hijo nace, ni saben lo que es ver a un hijo enfermar o sufrir por la razón que sea, ni conocen el peso inverosímil que siente quien es responsable de otro como lo son los padres de su hijo. No saben lo que es trabajar para que funcione una relación de largo aliento, ni lo intolerablemente complejo que es educar a un niño propio (y lo fácil que es educar a los ajenos), ni se imaginan la cantidad de ajustes que la paternidad obliga a hacer, la cantidad de cambios y distorsiones que introduce en la vida de la gente. Por no saber, no saben ni siquiera lo que es ganarse la vida para mantener a una familia, esa obligación que saca lo mejor y también lo peor de nosotros.

No saben nada de esto porque escogieron otra vida. Sus razones para hacerlo son muy válidas, y por supuesto (esto no habría ni que decirlo) que tienen todo el derecho. Pero permitir que quienes han renunciado a la familia impongan su modelo de familia es, cuando menos, absurdo. Para todos los efectos prácticos, sería como permitir que un sordo dicte la música que deberíamos oír. No es algo que una sociedad abierta pueda permitirse.

 

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