Por: Andrés Hoyos

Fanny campeadora

FANNY MIKEY, COMO EL CID DE LA leyenda, gana batallas después de muerta. El paralelo no es mío sino de Fernando Vallejo, quien lo sugirió en pleno desfile inaugural del Festival Iberoamericano de Teatro este sábado en Bogotá.

No se trata de una mera abstracción optimista: fue lo que vimos 200.000 personas (el anónimo cronista de El Tiempo al calcular la asistencia se tragó un cero que ojalá se le indigeste), bajo un clima ideal, casi asoleado, cuando una sonriente y maquillada marioneta pelirroja desfiló por la carrera séptima, desde la Plaza de Toros hasta la Plaza de Bolívar, y dejó tendidos por el camino a los incrédulos. La diva, de casi siete metros de alta, exhibía las piernas envueltas en medias de malla rematadas por zapatos de tacón puntilla; así las llevaba Fanny. Las ovaciones fueron atronadoras. ¿Qué tiene de malo mezclar teatro y carnaval?

Fanny Mikey fue una fuerza pelirroja de la naturaleza. La sutileza y la suavidad no eran lo suyo: nunca la oí utilizar un eufemismo ni hacer una venia como no fuera para agradecer un aplauso. Le gustaban las pasiones fuertes, como a quien le gusta el aquavit de mucho octanaje, y le gustaba la gente decidida. Era muy testaruda, por gusto y porque debía confrontar a una sociedad timorata y melindrosa, y eso suele requerir persistencia y determinación. Rompió esquemas, sobrepujó protocolos y no conoció la timidez ni en el diccionario. Muy por el contrario, perseguía hasta el final sus intuiciones más locas con una extroversión a prueba de balas, o de bombas. Era lo contrario de solemne y tenía un contagioso sentido del humor. Su vida fue un formidable crescendo que llegó a un final abrupto el 16 de agosto de 2008.

Pese a no tener ya a Fanny al mando, el Festival Iberoamericano de Teatro, su máxima creación, ha podido seguir gracias a sus fieles y afiebrados herederos, muy en particular Anamarta de Pizarro y Manuel José Álvarez. Quizá la principal virtud de un evento como este sea que le extrae a Bogotá cualidades improbables o recónditas: una ciudad indolente se vuelve agradecida y sensible; una ciudad parsimoniosa se vuelve generosa; una ciudad todavía acomplejada se vuelve audaz; una ciudad todavía violenta esconde pistolas y puñales durante 17 días. A los malandros, por lo visto, también les gusta el teatro, y eso no es lo de menos.

Hacer recomendaciones o críticas sería odioso. He visto bastante teatro, danza y circo en mi vida, pero disto mucho de ser un experto. Más importante me parece insistir en que los que alguna responsabilidad tenemos en la materia —y dan ganas de incluir en este rubro, por lo menos, a todos los bogotanos— debemos buscar la manera de blindar al Festival contra los vaivenes del dinero y de la vanidad personal. En materia artística, la palabra “institución” suele evocar el moho, retórica y solemnidad y, sin embargo, institucionalizar algo también puede significar preservarlo para las generaciones futuras.

Fanny, porque también era supersticiosa, no quiso nunca planificar lo que vendría después de su muerte. Diría ella que prefería las fiestas a las que sí la invitaban y que la planificación a largo plazo reñía con su carácter. Hubo, por lo tanto, unos zafarranchos desagradables a la hora de tratar de volver a encarrilar el Festival en su ausencia. Superado el primer escollo, creo que el Festival perdurará muchos años como el evento cultural más importante que se hace en Colombia.

andreshoyos@elmalpensante.com.

 

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