Por: Alvaro Forero Tascón

Farc: “bienvenidos al futuro”

Esa frase de César Gaviria en 1990 hacía referencia a una nueva etapa que dejara atrás el horror del narcoterrorismo y la violencia guerrillera, basada en la legitimidad de una nueva constitución que ofreciera garantías y fortaleciera al Estado.

El fallo de la Corte Constitucional sobre la Justicia Especial de Paz simboliza esa bienvenida a la Farc. El fallo le garantiza el derecho a participar en la política y a una justicia especial, pero ya no como resultado de un acuerdo político, sino como una protección constitucional. Al hacerlo, la democracia protege a las Farc frente a sus contrincantes políticos, que querían bloquearlas ahora que no tienen armas.

Pero el fallo le da la bienvenida a la Farc a la democracia imponiéndole los rigores de la Constitución como partido político. Con el fallo la Corte le da ejemplo al país logrando el consenso entre magistrados con posiciones ideológicas distintas. Resuelve los grandes temas del acuerdo de paz —justicia y participación política— ajustando dos aspectos: el mecanismo para juzgar los delitos de terceros, y la subordinación de la JEP a la pirámide judicial. Protocolizó el acuerdo de paz como uno de Estado y no solo de gobierno. La Farc está sintiendo el rigor que sienten los gobiernos y congresos cuando la Corte Constitucional tumba sus leyes, del que no se libró ni el político que controlaba todos los factores de poder cuando quiso declarar un Estado de opinión por encima del Estado de derecho para perpetuarse en el poder.

Ante esta bienvenida la Farc tiene dos opciones: aceptarla con humildad republicana o declararse víctima de un “conejo” inverso. Al hacerlo mostrará qué tipo de jugador será en la política: uno confiable, apegado a las instituciones, u otro populista, jugando a encarnar al pueblo virtuoso traicionado por las élites corruptas, que solo acepta los fallos judiciales cuando le favorecen.

No podrá decir que “los enemigos” de la paz no le dejaron otro camino que el de deslegitimar las instituciones y llamar al odio en respuesta, porque son las Farc quienes construyeron esos enemigos. Si hubieran aceptado el llamado de la sociedad a reincorporarse en 1990, habrían podido intervenir en la construcción de esas instituciones, como hicieron otros grupos guerrilleros, y estarían vivos miles de inocentes que cayeron en estos 17 años perdidos, a manos suyas, de paramilitares y de agentes del Estado. Pero sobre todo, no habría surgido una ultraderecha que se nutre del odio y la rabia que ellos sembraron, para negar lo que aceptaba en 1990, la legitimidad de intercambiar balas por votos. Son las Farc las responsables de que a principios de siglo regresara un populismo y un autoritarismo que se habían desterrado, y que vienen sembrando el camino al populismo de izquierda con populismo de derecha, porque al final ambos se nutren de lo mismo: indignación y rabia de ciudadanos que salen a buscar soluciones falsas, derrochistas unas y autoritarias otras.

Con el manejo que le de la Farc a esta bienvenida al futuro, crecerá o decrecerá el temor del “castrochavismo”. Si los ciudadanos ven a una Farc respetuosa de la democracia, confiarán en su voluntad de cumplir la ley. Si no, confiarán en quienes alegan que no la tienen.

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