Farc: lo ancho pa’ ellos, lo angosto pa’ uno

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El viernes,  los presidentes de Senado y Cámara prohibieron la entrada de dos delegados de la guerrilla (Márquez y Cuéllar)  al Congreso para una audiencia citada por Ángela Robledo. El argumento fue que al Capitolio no deben entrar personas que no tengan definida su situación con la justicia y que no se hayan desarmado.  Una decisión muy cuestionable y una evidente cachetada a esta gente, en plena transición hacia la civilidad. Un acto arrogante y excluyente.

De inmediato, Carlos Antonio Lozada, miembro del secretariado, trinó llamando a la movilización social y a “superar los vetos y mezquindades”.

Ese sábado, el mismo Lozada estaba invitado a la Feria del Libro de Bogotá (Filbo), a una mesa en el Encuentro Internacional de Periodismo, que podía ser el primer evento académico en la historia en el que se iban a encontrar de frente con el Centro Democrático, a debatir, a defender posiciones, a convencer con ideas y propuestas. El tema era la posverdad, ese fenómeno político de la mentira convertida en verdad; de la mentira sin responsables; de la mentira sin consecuencias; de la mentira que premia al mentiroso; de la mentira que consiguió la victoria del No en el plebiscito por la paz.

Y con un auditorio lleno de estudiantes, de periodistas, de público en gran expectativa, Lozada no llegó. Un gesto de terrible arrogancia, y una demostración de que son ellos los primeros llamados a superar “los vetos y las mezquindades”.

En enero pasado, luego de varias discusiones sobre la conveniencia y oportunidad de empezar a abrirle espacios a las Farc, el equipo organizador del Encuentro de Periodismo decidió que había que invitarlos. Desde febrero comencé a intentar los contactos, pero era como si ellos siguieran en la selva, con sus ritmos paquidérmicos, su aislacionismo, su desdén por la opinión pública, cuando la lógica sugiere que cada espacio que se les abra es una oportunidad, un acto de fe, una apuesta al éxito de su retorno.

Luego de insistir e intentar otros caminos, finalmente respondió una jefe de prensa que prometió gestionarlo. Una semana después confirmó que sí, que el propio Lozada estaría en el evento de la Filbo ese sábado 29 de abril, a las 3:30.

Era necesario conseguir a la contraparte, pero esa tarea resultó inclusive más difícil; quizá porque sentían que el foro iba a ser una encerrona contra el Centro Democrático. Fueron cinco intentos con cinco personajes diferentes, todos del mayor nivel en el uribismo. Francisco Santos aceptó el viernes 3 de marzo. Era un gran platillo periodístico ese de confrontar al exvicepresidente de Álvaro Uribe con un miembro del secretariado de las Farc.

El 18 de abril, Pacho Santos  anunció que no asistiría por motivos médicos, pero se comprometió a conseguir un buen reemplazo y el escogido fue Rafael Guarín. Seguía siendo muy atractiva la discusión entre un guerrillero de la cúpula con un exviceministro de Defensa de Santos, ese que justamente renunció cuando vio que la estrategia contra las Farc ya no iba a ser militar sino el diálogo. Un colaborador de Alejandro Ordóñez; hombre clave en la reelección de Uribe en 2006, y miembro de la comisión de voceros del No, después del plebiscito. Un personaje de ultraderecha, ilustrado, doctrinario, combativo.

La información sobre esa mesa fue colgada en redes la semana anterior, e inclusive Lozada, desde su cuenta, trinó a las 2 y 14 de la tarde del sábado para invitar a la gente a escucharlo. ¿No vio la foto de Guarín debajo de la suya?

Guarín entró cumplido a las 3:30. Horas antes se había coordinado toda la parafernalia de seguridad para Lozada en Corferias. Estaba previsto un saludo protocolario, diez pases para su comitiva, el trato respetuoso y esperanzado de creer que esos son los espacios en los cuales ellos deberían confrontar.

Cinco minutos y Lozada no llegaba al salón. A las 3:35 entró una llamada: “Si no es con Santos; no estoy interesado”. Afuera, su jefe de prensa estaba reescribiendo un comunicado enviado por él, porque “le parecía muy fuerte”. No conocimos los términos ni si iba dirigido contra Guarín o contra quién, porque de entrada denegamos la lectura. “Esto no es un acto político sino periodístico y universitario”, se le dijo. “Ustedes cambiaron a Santos sin nuestro consentimiento”, aseguró. “No tenemos que pedirle permiso a las Farc para cambiar un personaje en una mesa académica; además, fue un cambio por razones de fuerza mayor”, se le respondió.

El moderador, Francisco Barbosa, un jurista convencido y entusiasta de la paz, experto en justicia transicional, no tuvo más remedio que iniciar el panel con Rafael Guarín y con Fabiola León, una periodista especializada en reconciliación y derechos humanos, y advertir que de nuevo las Farc dejaban una silla vacía.

La ausencia de Lozada plantea muchos mensajes inquietantes y varias incógnitas, aun para los que hemos estado acompañando sin reservas la promesa de la paz: por un lado, suena excluyente y arrogante eso de no aceptar una discusión sino con alguien de rango vicepresidencial. Sugiere una actitud totalitaria y autocrática porque pretende imponer condiciones a quien invitó de buena fe y con la mejor intención. Revela que desconocen las dinámicas, los protocolos, las formas de una sociedad a la que se quieren insertar, pero bajo sus términos y su verticalidad castrense, y se muestran extremadamente torpes porque desperdician la ocasión de exhibir un nuevo rostro, ganar adeptos, disminuir su imagen negativa.

Incongruente esto de un Lozada que consideró mezquina la decisión del viernes de no dejarlos entrar al Capitolio, pero que se negó a ir a Corferias sino era a hablar con un ex vicepresidente.

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