Por: Ricardo Bada

Faulkner († 6.7.1962)

"Una pequeña aldea aislada, sin nombre y sin gracia, abandonada, que sin embargo había acogido un día, por casualidad y por suerte, una semilla ciega de la pródiga eyaculación olímpica, y que ni siquiera lo sabía".

Eso es Yoknapatawpha, el antecedente de Macondo, el escenario de las novelas de William Faulkner. He abierto mi viejo archivo de citas y releído las que fui anotando durante mis primeras lecturas de su obra. Cómo definía un cadáver: “Lo que restaba de su participación en la dignidad humana”. Y en otro lugar añadió: “La muerte carece de dignidad”. O bien: “La juventud no es inmortal. Gracias a Dios”. Ítem más él decía: “Tengo que pasar el tiempo de algún modo para poder tener alguna idea de cómo pasar la eternidad”. Y también que “ningún hombre puede causar más daño que aquél que se aferra ciegamente a los vicios de sus antepasados”. Y para él, los dictadores eran “callejones biológicos sin salida”. Y al recibir el Nobel: “Así pues, si este premio es mío, lo es tan sólo en calidad de depósito”.

Con todo, la frase suya que más me gusta es aquella que le dijo a su hija Jill cuando ella una vez le pidió que no se emborrachara durante su cumpleaños (el de ella): “¿Sabes qué? Nadie se acuerda de la hija de Shakespeare”. Hay autores sin los cuales la vida no se entiende. Yo al menos no entendería la mía de no haber leído tan pronto y tan mal a Faulkner. Tan mal porque era en traducciones, y todas eran malas (¡hasta algún título estaba mal traducido!), pero yo sentía cómo la fuerza seminal del creador se burlaba de las falencias de sus trujamanes, y eso me infundía fe: a pesar de todo podía darme cuenta de que era un grande, un Cervantes, un Shakespeare. Luego pude leerlo por segunda vez, en mejores traducciones, alemanas, y le fui sacando todo el jugo que pude a esa sabrosa baya del Sur gringo.

Escribo “gringo”, y lo escribo adrede, para reconocer una deuda. He sentido desde siempre una profunda, inerradicable antipatía hacia los Estados Unidos, y juré no pisar jamás su suelo. Pero si soy sincero, y para ser honesto, debo declararme acreedor de tres grandes aportes suyos a la cultura universal: Hollywood, el jazz y su literatura, y dentro de esta, sobre todo, le debo a Faulkner no poco de lo que sé y lo que soy. No exagero al decir que el temple moral de su conducta siempre fue un norte de la mía. Me basta como ejemplo su respuesta a la invitación de Kennedy, a cenar en la Casa Blanca: “Díganle que a mis años uno es demasiado viejo para viajar tan lejos sólo para comer con un extraño”. ¿Se imaginan esa misma frase suscrita por cualquier otro escritor de cualquier otra nacionalidad, incluyendo la colombiana?

Ricardo Bada

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