Por: Juan Gabriel Vásquez

Faulkner, medio siglo después

Me consta que algunos lectores no leen las columnas en la mañana o durante el día, sino en las primeras horas de la madrugada anterior, antes de irse a dormir.

Si usted es uno de ellos, si usted lee esta columna en Colombia entre la 1:30 y las 2 de la madrugada del viernes, sepa que lo hace a la hora en que se detuvo, hace exactamente medio siglo, el corazón de William Faulkner. Yo, por mi parte, escribo el 4 de julio. Hace exactamente medio siglo, Faulkner estaba pasando la fiesta nacional de su país metido en la cama y atiborrándose de alcohol y calmantes: se había caído de un caballo nuevo pocos días atrás, y el dolor en la espalda había comenzado a volverse insoportable. El coctel de whisky y calmantes no hizo más que empeorar en las horas que siguieron. El 5 de julio, su mujer Estelle y su sobrino Jimmy decidieron llevarlo al sanatorio Wright, en Byhalia, Mississippi, donde fue admitido a las 6 de la tarde. Le hicieron exámenes y lo llevaron a dormir. Pasada la 1:30 de la madrugada del 6 de julio, se despertó sobresaltado, se sentó al borde de la cama y, antes de que la enfermera pudiera hacer algo, cayó al suelo. El diagnóstico, para efectos del certificado de defunción, fue obstrucción coronaria.

Así murió —según lo cuenta Joseph Blotner, su mejor biógrafo— el que sigue siendo el gran novelista del siglo XX en Estados Unidos, país que ha dado legiones de grandes novelistas y muchos de ellos durante el siglo XX. Faulkner, además, tuvo la curiosa distinción de ser más influyente fuera que dentro de Estados Unidos: no sólo es imposible pensar en el boom latinoamericano sin sus novelas, sino que en su caso, como en el de tantos otros escritores de tantas otras partes del mundo, fue preciso esperar a que lo reconocieran en Europa para que hicieran lo mismo sus coterráneos: fue sólo cuando Malraux y Sartre comenzaron a elogiar su obra que sus vecinos se percataron de su importancia. El fenómeno es tristemente común.

En estos días El País de Madrid me pidió resaltar un aspecto de la obra de Faulkner. Pido perdón por citarme a mí mismo, pero esta indecencia es sin duda menos grave que fingir con otras palabras lo que ya había pensado con unas. Comencé con una de mis citas predilectas (sacada, para los curiosos, de Intruso en el polvo): “Ayer no terminará sino mañana, y mañana comenzó hace diez mil años”. Y luego escribí: “Esa peligrosa obsesión (la idea de que somos el producto indirecto de varias generaciones, de que nuestras tristezas y nuestra bienaventuranza son el resultado de una conspiración antigua) ha moldeado mi ficción y es, creo, la manera más rica en que puedo leer a Faulkner. Será por eso que ¡Absalón, Absalón! me sigue sorprendiendo: pocas novelas han explorado de manera tan provechosa el carácter inasible de la historia, su terrible ambigüedad y nuestra incapacidad para dar una versión única y confiable de ella. Contar nuestro pasado, nos dice esa novela, es modificarlo: no hay relato puro. ‘Tal vez no hay nada que suceda una vez y se termine’, dice o intuye Quentin. Lo que hay es hechos con consecuencias interminables y que, para rizar el rizo, son distintos según quien los cuente. No tengo, nunca he tenido, otra manera de entender eso que llamamos historia”.

Aunque haya mil otras maneras de entender a Faulkner.

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