Por: Humberto de la Calle

Fe de vida

A la hora de escribir esta columna, acaban de conocerse las pruebas de supervivencia de algunos de los secuestrados por las Farc.

Los sentimientos son encontrados. Hay alegría. Pero también tristeza y rabia. Las Farc han vuelto a poner al país en jaque. Lo que habría que señalar es que estas pruebas no pueden mirarse como una muestra de magnanimidad de la guerrilla. El acontecimiento gozoso no puede encubrir la historia completa: las Farc no tienen ningún derecho a mantener a decenas de ciudadanos en su poder. Esta es una afrenta a la dignidad de los secuestrados, un crimen de lesa humanidad y un acto inenarrable de crueldad. Ninguna idea política, así se diga inspirada en el bienestar del pueblo, puede permitir o soslayar la gravedad del hecho.

Decíamos hace poco en esta columna que queríamos el intercambio humanitario ya. Pero ello no debe permitir que se olvide la grave responsabilidad de las Farc en estos actos criminales. Un lóbulo del cerebro entiende las razones del acuerdo humanitario: se trata de segmentar una parte de esta historia aterradora para permitir que los secuestrados regresen a sus hogares quebrando el derecho legítimo del Estado a mantener presos a delincuentes en las cárceles. Pero el otro lóbulo no puede dejar de observar que en los entretelones del intercambio, se desliza el reconocimiento de las Farc como contraparte más o menos legítima en una guerra que inconscientemente obtiene la categoría de confrontación entre partes iguales. Las Farc logran horadar el aislamiento político en que se encontraban y dictan la agenda de sus preocupaciones. Las Farc logran soslayar los demás acontecimientos en la vida de esta tierra y llevan a toda la nación a orbitar alrededor de sus intereses. La inmensa generosidad humanitaria de los mediadores, de los gobiernos extranjeros, de los medios de comunicación, hacen olvidar que en el origen de toda esta saga miserable hay un crimen inenarrable.

Por otro lado, es perceptible una inmensa carga de manipulación, a veces deliberada, a veces simplemente por la fuerza de los hechos. Los familiares de algunos secuestrados caen en la tentación de exigir que regrese Chávez a la mediación, otros sostienen que las pruebas de vida también demuestran que la liberación era inminente. Las Farc han logrado valorizar de manera desmesurada la fe de vida. Todo esto coloca, no a Uribe, sino al Estado colombiano, en el vórtice de una presión endemoniada. Detrás del telón humanitario hay un gélido juego de ajedrez.

Igualmente, es un hecho que la política de seguridad democrática se ha estancado en lo político. Esto lo digo sin desconocer los inmensos éxitos militares. La guerrilla se ha “marginalizado” en lo militar, como es su táctica archiconocida. Pero al cerco político de los primeros cuatro años de Uribe, ha venido ahora un destape impresionante. Es evidente que las Farc han regresado a ser protagonistas centrales de la vida nacional. Ya no vivimos la euforia de hace cinco años cuando creímos todos que el final de la confrontación estaba a la vuelta de la esquina. Entre tanto, se echa de menos una condena unánime del secuestro desde todos los puntos cardinales del espectro político.

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Bien por los medios que de manera eficiente cubren estos sucesos. Pero tampoco es buena una transmisión febril que parece más bien la final del mundial de fútbol.

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