Felices abrazos de algún día

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Querido Niño Dios, o como quiera que te llamen los distintos corazones y rincones del planeta:

Algunas veces, incluso a pocas horas del 24 de diciembre, cuesta vestir de Navidad las palabras. No es -ni mucho menos- una renuncia al optimismo; es que toneladas de dolor entristecieron este año el espíritu del mundo.

¡Han pasado tantas cosas que nos cambiaron la vida! Pasó, por ejemplo, que así hayamos empuñado fortunas, arcillas, violines o fusiles, la vulnerabilidad nos ha hermanado. Nos ha comprometido, y quizá hasta ahora entendemos el precepto Ubuntu de “yo soy porque tú eres”; a señales de vida y muerte comprendimos que la verdadera identidad nunca será un monólogo, porque se construye desde adentro, pero se quiebra o se fortalece por el vuelo de una mariposa (o de un murciélago) a 10 centímetros o a quince mil kilómetros de distancia.

No sé si en tu cielo hay años, páginas o nubes. Si cuentas el tiempo con ábacos o con estrellas, y cómo manejas la nostalgia propia y ajena. ¿Cómo siente Dios la tristeza? No sé si en verdad eres un niño o si eres el ser más viejo y sabio del mundo; llevas más de 20 siglos hablando con nosotros… estos locos que un día pretendemos ser cimientos y otro día queremos volar. Somos ancla, mar, guerra y paz. Somos tan imperfectos, tan débiles y valientes, a veces tan nobles y a veces tan crueles, que nunca he creído que estemos hechos a imagen y semejanza de nadie…. ni mucho menos de un Dios.

Este año en vez de mensajes de “felices fiestas”, quisiera que nos deseáramos “felices-abrazos-de-algún-día”; y que el 24 por la noche tomáramos en nombre de las vidas ausentes y presentes, 7 gotas de fortaleza, 8 de cariño y 9 de fraternidad. Quisiera un casco anti-miedo para los que están en cualquier umbral (es decir, para todos); un letrero de “tú-me-importas” traducido a mil idiomas, y que alguien venido del futuro nos diga que sí somos capaces de vencer esta dimensión desconocida; que ni el virus de Wuhan ni el de las violencias que nos quieren imponer, lograrán derrotarnos.

Necesitamos un remendador de palabras bonitas, porque se han ido rompiendo algunas como alegría, serenidad y confianza, y es preciso recuperarlas antes de que sea tarde.

Ayúdanos a bajar del cielo suficientes estrellas para todos los niños; gratitud para quienes trabajan salvando vidas; y unos mapas donde aparezcan los campos olvidados y los cinturones de pobreza, los abismos y los sobrevivientes de todas las violencias; danos su nombre y sus coordenadas, y curémonos con reconciliación, de una vez y para siempre.

Sé que es mucho pedir, querido Niño Dios, pero tú más que nadie, sabes cuántas ilusiones están ahí, aquí, asomadas a la ventana de lo que todavía no existe; cuántas vidas faltan por venir, y cuántos amaneceres tienen el sol guardado entre un bolsillo, esperando que alguien los descubra.

Ayúdanos a comprender que la indiferencia es incompatible con el futuro, y que abrazar el alma no es un verbo imposible, sino la manera más dulce de conjugar la vida y conjurar el tiempo. Y gracias, Niño Dios por el valor que tuviste de haber nacido en este difícil pedacito de universo.

Queridos lectores y entrañable casa de El Espectador: Agradezco inmensamente su posada y compañía, y deseo que en esta Navidad regalen y reciban las doce letras necesarias para escribir y sentir paz y esperanza, salud y amor.

Gloria.arias2404@gmail.com

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