Por: Ana María Cano Posada

Felices en serio

Este país tiene el porcentaje de  felicidad más alto según dijeron y así lo creímos, pero también es cuna del despecho, la represa de lágrimas y el melodrama, fábrica de asesinatos cotidianos y, en días de fiesta colectiva, cultivador de riñas y odios acumulados de origen incierto, o político, o deportivo, o familiar, o racista. Estanislao Zuleta leyó el significado de la violencia como nuestra fiesta colectiva desbordada, salida de cauce, reacia a encontrar un símbolo como representación y ausente de diálogo, que es el trámite humano para el normal conflicto social.

En momentos como este, de difícil tránsito hacia la paz y a la declinación de la violencia guerrillera, coincide con un equipo deportivo antes impensable, una fuerza tranquila compuesta de talento y trabajo, encabezada por un hombre tímido capaz de leer al contrincante y desarmarlo, que ha llevado a Colombia en la Copa Mundo con el fútbol hasta el delirio colectivo de soñar con una victoria que por fin sea legítima, merecida, luchada, alcanzada y disfrutada en reparación al miedo y la usurpación de generaciones. Una enorme satisfacción después de habernos consagrado a la contrariedad.

Cómo pudiera empujar una cosa a la otra: un ejemplo deportivo a un desenlace político. Algo similar a lo que pasó en Costa de Marfil con Didier Drogba, cuando suplicaron a su país él y su equipo de rodillas, en Alemania 2006, que salieran de la guerra civil que llevaba tres años (¡3!, contra los 60 de aquí) y les dijo hincado: “Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte, sur, este y oeste, les pedimos de rodillas que se perdonen los unos a los otros. Un gran país como el nuestro no puede rendirse al caos. Dejen sus armas y organicen unas elecciones libres”, y logró mas que un discurso político.

Pero la condición impredecible de colombianos que extreman victorias y derrotas, que vuelven desenlace fatal el suceso más corriente, hoy 20 años después de haber asesinado a Andrés Escobar, insignia del juego limpio en la selección de Colombia de la Copa Mundo en Estados Unidos por llevar “la pena de muerte” de un autogol, esta juventud que juega ahora y está llena de promesas en el equipo de 2014 no se ha descarrilado con el logro ni la ha acobardado el desafío y luce más centrada que tanto ídolo promocionado y desalineado. Pero lo que no se puede garantizar es que el resto de la nacionalidad, la que no está en el juego, sepa qué hacer con la felicidad, porque está entrenada para el rejo, el engaño y la desilusión, y desconoce una merecida exaltación colectiva.

Ni caer tampoco en la tentación de aprovechar ahora esta cosecha de lujo, como arribistas, a Rigoberto, Nairo, James, Cuadrado, Ospina y compañía, para volverlos marca registrada, comercial o política, campaña de limpieza de imagen en el exterior, ni desaprovechar el momento para promover en nuevas generaciones de colombianos que en lugar de la trampa tengan el trabajo y en lugar de la magia busquen la persistencia, en vez del desafuero encuentren cómo estar contentos consigo mismos, como estos bellos personajes. Una generación apta para la vida, que se le salga de las manos a la muerte y pueda aspirar a morir de muerte natural, que no es mucho pedir.

Y como Mariana Pajón, Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Arias o Balanta, crezcan miles de otros colombianos que no vivan al ataque, para que deporte y política no sirvan de desafuero para ignorar al otro y se drene la represa insostenible del malestar histórico nacional. Y que seamos felices en serio, todos a la vez, como ahora.

 

 

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