Feliz año

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Empiezo diciendo gracias que es una palabra potente en nuestro idioma. Al tiempo es reconocimiento, estima, beneficio, inspiración, indulto, es virtud la gracia de cómicos y artistas, como salvación la gracia divina.

Con toda la significación de la palabra doy gracias a quienes leen mis columnas, aún por disentir del criterio, pues las opiniones que semanalmente expongo apenas son mi honesto aporte a la necesaria reflexión sobre el presente del país y del mundo.

En esta ocasión asumo la tradición de desearnos feliz año, más para no quedarme en el mero gesto de cortesía, debo aclarar que no concibo la felicidad como un don individual, ajeno al bienestar del prójimo.

Sería imperdonable indolencia Izar la copa de buenos deseos para el año nuevo si no alzamos la voz contra los que brindan con la sangre de líderes sociales que asesinaron para procurarse, impunemente, una felicidad maldita.

Sería cómplice nuestro silencio ante los funcionarios corruptos y los plutócratas que disponen del erario a favor de su pecunio; esos brindarán con el costoso llanto de las víctimas de sus guerras, de los damnificados por las catástrofes ambientales, de los abandonados por el Estado.

Antes del brindis de año nuevo, atendemos la advertencia del estudio publicado por la revista Natura, según el cual el coste de la violencia en 2019 supone el 10% del PID global invertido en armamentos y logística para la guerra; demuestra el mismo estudio que si se invierte la mitad de ese presupuesto a la transición ecológica y restauración de ecosistemas se lograrían los objetivos del acuerdo de París contra el calentamiento global y también los objetivos de desarrollo sostenible de Naciones Unidas que incluye acabar con el hambre en el mundo y el trabajo infantil.

Sería vergonzante egoísmo atenernos a nuestra burbujita de confort flotando en metes de desgracias.

Ni siquiera los del ranking Forbes con las 100 mayores fortunas del mundo, aislados en palacios de opulencia lograrán provisionarse de felicidad per se.

Porque, suponiendo que no son propiciadores ni cómplices de las guerras y de los destrozos al planeta, no están libres de culpas por la economía consumista y la industrialización anti natura que impusieron. Deben contribuir en enmendar los daños ambientales, porque, ni en el confort de sus fortines estarán exentos de los huracanes, las inundaciones, los incendios, las sequías y las pandemias resultantes de destruir el equilibrio ambiental.

Es inocua e incompleta la felicidad individual y en apatía.

Desde la modesta tribuna que me permite esta columna, alzó la copa de la esperanza para desearle a todas y todos un año nuevo de felicidad consciente y compartida.

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