Por: Mauricio Rubio

Feminismo desconectado, surrealista

Hace años, en Colombia hubo debate público entre feministas y mujeres que no lo eran. Eso se acabó.

Para el Día de la Mujer de 1982, una madre proclamaba en El Tiempo que “el hogar debe ser el objetivo vital, sacar a los hijos adelante y darles bases para que sean profesionales honestos”. La feminista criticaba el activismo por centrarse en la liberación sexual.

Poco antes, yo había conocido a un grupo impresionante de demógrafas, antropólogas, sociólogas, economistas, sexólogas y ginecólogas. Trabajé con algunas. Elaboraron un diagnóstico exhaustivo de la situación de las colombianas y promovieron reformas. Eran feministas sin carné, tal vez porque la militancia era de izquierda revolucionaria que buscaba derrocar el sistema. Varias de ellas aún llevaban un “de” y el apellido del esposo.

El debate se convirtió luego en un monólogo que denominé flominismo pues Florence Thomas era la voz cantante que nadie rebatía. Me sorprendía su influencia mediática sin que ninguna feminista la corrigiera ni moderara. Calló, incluso contradijo, los aportes de las profesionales que la antecedieron. Sus doctrinas universales le impedían calibrar un machismo con monumentales diferencias regionales que ya estaban minuciosamente analizadas por Virginia Gutiérrez de Pineda y siguen ignoradas. El despropósito que más le critiqué fue celebrar una infidelidad masculina sin importarle el sufrimiento de la esposa afectada. La jurisprudencia asimilaría luego los cuernos a una forma de violencia doméstica.

Posteriormente el feminismo importó dos debates del mundo desarrollado: teoría de género y derecho al aborto, con cifras infladas, prácticas caseras silenciadas y riesgos desactualizados. La importancia de la religión para muchas colombianas hace que en retrospectiva esa estrategia parezca diseñada para ahuyentar seguidoras. La euforia idealista por la paz tornó la militancia aún más distante, excluyente, hasta sexista. “Ningún hombre puede ser feminista”. Si acaso, solidario para “aprender y deconstruirse”, como el gurú del género Humano y su Hollman.

El triunfo de Duque trajo repudio a Marta Lucía Ramírez, primera vicepresidenta colombiana. Ya no bastaba ser mujer, ni siquiera con estudios de posgrado. En un país con mayorías de centro derecha pretenden proscribir el feminismo pragmático, liberal o científico: izquierda radical o nada. Una afectada anotó que “feministas de todo el país le escribieron que ella no las representaba. La tildaban de homofóbica, provida, sanguinaria, machista e ignorante”. Así reaccionan quienes dicen luchar contra la exclusión y el maltrato verbal.

Rosa Blanca es la prueba reina del surrealismo feminista. Alusiones #MeToo a miradas lascivas adolescentes preocuparon más que denuncias de reclutamiento de niñas, comandantes violadores y abortos forzados. El cinismo es tal que reconocidas feministas apoyan a una mujer señalada por las víctimas de complicidad en esos crímenes. Con tanta población femenina férreamente opuesta a las Farc, es otra apuesta política soberbia, alucinante. Que el rasgo definitorio es ideológico de izquierda lo corrobora la reciente revelación del abuso infantil sufrido por Vicky Dávila: causó muchísima menos indignación que el “derecho al silencio” que tendió un manto de duda sobre Uribe.

La visión feminista del trabajo sexual es hipócrita y delirante para la realidad colombiana. Creyéndose en Suecia, activistas tildan de proxenetas a funcionarias de Bogotá, ciudad líder en la defensa de los derechos de mujeres silenciadas e infantilizadas por la militancia. No solo desconocen el oficio, impiden diagnosticarlo. La última Encuesta de Demografía y Salud sólo indaga por la trata de mujeres; información sobre prostitución voluntaria, indispensable para prevenir la vinculación de adolescentes, fue saboteada por especialistas jugando al avestruz.

Hay oasis de sensatez. Asociaciones de base, ONG y servidoras públicas trabajan sin desvariar. Académicas serias mantienen la rigurosa tradición iniciada décadas atrás. Jineth Bedoya, víctima real, apoya a la Rosa Blanca. Margarita Rosa de Francisco derrocha buena prosa y sentido común: no la espanta la biología. Carolina Sanín se detiene a explicar que “la variación del ánimo de las mujeres durante la menstruación” no es un mito machista.

El activismo etiqueta de misógina cualquier crítica. Haber tolerado disparates ha llevado a que con tal de victimizar mujeres se pueda decir cualquier cosa. Una crónica sobre la “palenquera que encanta por sus dulces y curvas” causa estupor en una doctora que invoca medidas para “acabar con la hipersexualización”. La militancia tecnocrática ventila resultados estadísticos internacionales y cualquier comentario sobre relevancia para Colombia lo encasilla como mansplaining. Una novelista deplora que “las escritoras deben remar más, especialmente si no son feas”. La belleza fue convertida en lastre para barbies, vendedoras ambulantes e intelectuales bajo un capitalismo interesado en que “las mujeres seamos inseguras porque muchos se hacen millonarios vendiéndonos cremas”. ¿Cómo asimilar tanta sabiduría para emprender reformas?

La desconexión es típica de izquierda: desdeño selectivo de evidencia, agenda importada sin adaptación local ni diferencias regionales, desdén por los avances parciales, quejas de oficio, dramatismo y ningún sentido del humor. Las antepasadas que aguantaron patriarcado crudo, no micromachismos, no padecían esas taras.

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