Por: Elisabeth Ungar Bleier

Feria de vanidades

El pasado martes El Espectador publicó un artículo titulado “Movimiento uribista cambió de nombre a Uribe Centro Democrático”.

Esta noticia no pasaría de ser una anécdota electoral si no fuera porque refleja uno de los mayores problemas del sistema político colombiano y uno de los obstáculos más grandes para el fortalecimiento de los partidos políticos en Colombia: la reiterada y creciente personalización de la política, donde lo que priman son los nombres más que las ideas.

La utilización del nombre del expresidente pareciera ser la estrategia para evitar que se repita lo que sucedió en las elecciones del 2011, cuando varios candidatos avalados por Uribe para alcaldías y gobernaciones fueron derrotados, demostrando que los votos no son endosables. Pero más allá de una táctica para atraer electores, lo que queda claro es que Puro Centro Democrático, más que un partido, es Uribe, repitiendo la historia de organizaciones partidistas que para su supervivencia dependen de una persona y no de unos proyectos de país que trasciendan coyunturas específicas.

Este es uno de los problemas de nuestros partidos, pero sin duda no el único. Otros ejemplos son la inclusión en las listas de candidatos que han sido muy cuestionados por sus pasadas actuaciones o que tienen familiares que están siendo investigados o condenados por delitos como corrupción o por tener vínculos con grupos armados ilegales; y la interminable lista de aspirantes, cuyo único mérito aparente es ser “herederos” de familias políticas con una larga tradición de clientelismo y caciquismo en sus respectivas regiones. Y la formación de coaliciones entre movimientos y partidos políticos muy disímiles, con posturas diferentes e incluso contradictorias frente a los grandes temas del país, lo que genera confusión y aumenta el escepticismo de los ciudadanos y debilita los ya frágiles lazos de identidad que estos tienen con estas colectividades. Si bien estas coaliciones pueden dar buenos resultados en términos electorales, lo cual es una aspiración legítima, si no se construyen en torno a acuerdos programáticos sólidos y con unas reglas de juego claras, pueden terminar en una atomización aun mayor.

Si bien estos no son fenómenos nuevos, son particularmente importantes por la relevancia de las elecciones de 2014, cuando se elegirá un nuevo Congreso y presidente de la República. En cualquier escenario, bien sea que se firmen los acuerdos de paz en La Habana, o en su defecto un preacuerdo, y que comience el proceso de su implementación, o que los diálogos se rompan, en los próximos años el país enfrentará retos inmensos y con implicaciones de muchos órdenes y alcance. Para afrontarlos, es fundamental contar con partidos políticos fuertes, capaces de representar los diferentes intereses sociales, políticos y económicos, y sobre todo con visión de futuro. Lo que está en juego es demasiado importante para que del país se desgaste en una competencia de veleidades y vanidades.

 

 

 

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