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hace 6 horas
Por: Klaus Ziegler

Fernando Vallejo: lo bueno, lo malo y lo feo

No hay duda, Fernando Vallejo es uno de los grandes escritores latinoamericanos de los últimos tiempos. Su prosa cáustica, fluida e irreverente lo ha hecho merecedor del premio Rómulo Gallegos, el más alto galardón de la narrativa hispanoamericana.

Entre los reconocimientos más recientes se cuenta el premio FIL en Lenguas Romances. “El desbarrancadero” y “La virgen de los sicarios” figuran entre los mejores cien libros en lengua castellana de los últimos veinticinco años.
A Vallejo se le odia o se le reverencia. Se lo detesta por insolente, por iconoclasta, por contestatario, por sacrílego, por misógino, por homosexual; o se lo ama incondicionalmente. Su desprecio por la clase política, por la Iglesia católica, por el Papa, por Darwin, por Einstein, por García Márquez, le ha valido enemigos en todas partes, aunque también devotos seguidores dispuestos a aplaudir cualquiera de sus exabruptos. En pocos escritores se fusionan de manera tan homogénea lo bueno, lo malo y lo feo.

Comencemos por lo bueno, por lo más obvio, por su incomparable fuerza literaria, por su riqueza gramatical, por esa versatilidad que le permite alternar con fluidez entre lo docto y lo vulgar. En un instante, Vallejo pasa de la misantropía, la diatriba virulenta, la injuria, de la que no escapa ni su propia madre, a la más sincera devoción por los animales, al amor fraterno por su hermano Darío o a la más profunda adoración por su abuela Raquelita de quien alguna vez dijera: “Desde que ella se murió, resolví enterrarla para poder seguir viviendo”.

En su literatura se entremezclan los recuerdos de la niñez, de las navidades en Santa Anita, la finca de sus abuelos, del primer viaje de sus padres a México… Remembranzas que Vallejo plasma en una prosa bella y nostálgica: “Venían de México por el camino de entrada de Santa Anita en dos carros, con los faros rompiendo la oscuridad […]. Estaban también encendidas esa noche las luces del pesebre, el nacimiento, donde nacía en lo alto de una montaña el Niño Dios. Lucecitas verdes, rojas, azules, amarillas, de todos los colores […]. Venían cargados de juguetes. Maromeros de cuerda que daban volteretas en el aire […] jeeps con llantas de caucho […] un tren eléctrico […]. Pocas veces he visto brillar tan fuerte, enceguecedora, la felicidad. Y con el disco de Ventura Romero de la burrita traían, en el álbum de las maravillas, a José Alfredo Jiménez y a Rubén Méndez: `Ella´, `Pénjamo´, y ese `Senderito´ que me rompe el alma…”.

Su ternura alterna con la rabia por nuestro maltrato hacia esos otros prójimos mudos, indefensos: “Los caballos, las vacas, los perros, los delfines, las ballenas, las ratas, son mamíferos como nosotros […] sienten y sufren como nosotros, son nuestros compañeros en el horror de la vida, tenemos que respetarlos, son nuestro prójimo. Y que no me vengan los listos y los ingeniosos que nunca faltan a decirme ahora, para justificar su forma de pensar y de proceder, que entonces no hay que matar un zancudo. Entre un zancudo y un perro o una ballena hay un abismo: el de sus sistemas nerviosos.”

En Vallejo lo malo es escaso, aunque lastimoso. Esa misma inteligencia, lúcida con la palabra, se obnubila cuando se adentra en el ámbito de lo abstracto, de lo no verbal, al momento de razonar con el lenguaje matemático de las ciencias exactas. Pero a Vallejo nada lo amilana, y con la osadía que lo caracteriza se embarca en la labor de desenmascarar a quienes a su juicio son los genios máximos de la impostura: Darwin, Newton y Einstein. Vallejo no advierte que su refutación, de ser acertada, sería el logro intelectual más grande jamás realizado por un humano. El producto de ese trabajo son dos libros lamentables: “La tautología darwinista” y el “Manualito de imposturología física”.

El “Manualito”, el más increíble de los dos, es una mezcla inverosímil de analfabetismo científico, ineptitud, atrevimiento y patanería. Detengámonos a analizar su propuesta de una nueva ley de la gravitación universal: “Según la formulación de Newton, la fuerza de gravedad `disminuye´ según la distancia elevada al cuadrado, pero obviamente siempre y cuando nos `alejemos´ del cuerpo que la produce, pues si nos `acercamos´ a él lo evidente es lo contrario […]. ¿Por qué razón hemos construido la ecuación de la gravitación universal ‘de Newton’ basándonos siempre en la primera proporción [F ? 1/d^2] (como si nos alejáramos) y nunca basándonos en la segunda [F ? d^2] (como si nos acercáramos), siendo así que ambas son verdaderas? En consecuencia, y sin violentar nada, para que descansemos de la vieja formulación de la que estoy harto propongo esta nueva F = Gm1m2d^2”.

La argumentación muestra que hasta las matemáticas del nivel escolar le resultan incomprensibles al autor. Según su fórmula, un minúsculo grano de polvo situado a la distancia de Andrómeda nos propinaría un jalón gravitatorio descomunal, suficiente para hacer trizas el Planeta, ¿sin violentar nada? Errores del mismo tenor se repiten a lo largo del libro, una y otra vez. Su diatriba contra Einstein y contra los “Payasos Cuánticos” no pasa de la ramplonería, no amerita discusión.

Sus dos libros “científicos” son el mejor ejemplo de las limitaciones que encierra una formación exclusivamente humanística o literaria. No sorprende que algunos “intelectuales literarios”, como el mismo autor, o como Antonio Caballero, a menudo se vean en dificultades para razonar con conceptos abstractos o impedidos para reconocer las falacias lógicas más elementales. De el “Manualito”, escribió Caballero emocionado: “…es, repito, un placer: de claridad, y de ironía, de sonoridad y de inteligencia. De buena literatura”. ¿Placer de inteligencia? El libro, además de estar plagado de errores, abunda en lugares comunes, en las mismas irreverencias trilladas, en las mismas vulgaridades. Vallejo se muestra corto de creatividad, flojo, repetitivo.

Y para hablar por último de lo feo, este gran escritor puede llegar a ser desagradable: “Colombia es un desastre sin remedio. Máteme a todos los de las FARC, a los paramilitares, los curas, los narcos y los políticos, y el mal sigue: quedan los colombianos”. Con frecuencia es insensato, tal vez envidioso: “Jorge Luis Borges era un prosista menor, Julio Cortázar no sabía escribir y Gabriel García Márquez es mal escritor”.

Vallejo, capaz de desnudar la inmoralidad, la mentira, la doble moral dondequiera se encuentre, la del Poder, la de Iglesia católica, la del Papa…, no obstante es incapaz de condenar los incontables abusos de menores a manos de sacerdotes pederastas: "Están poniendo el grito en el cielo porque unos pobres curitas, a los que les han arruinado la vida, masturban a un muchachito de doce o quince años". Esto ya no es feo, sino censurable.

Vallejo es un compendio de contradicciones: un hombre amoroso y misántropo, tierno e iracundo, culto y patán. Como suele ocurrir en estos casos, es fácil adivinar que detrás de toda esa dimensión bufa y estruendosa que sus fanáticos celebran con carcajadas y aplausos (¡Bravo Maestro!, gritan sus fans ante cualquiera de sus insolencias) se esconde un ego descomunal. Vallejo, animado por esa adulación majadera, corre el riesgo de ir perdiendo su sinceridad para convertirse en una infortunada caricatura de sí mismo.

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2012-06-14T00:05:00-05:00

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Fernando Vallejo: lo bueno, lo malo y lo feo

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