Por: Klaus Ziegler

Ferrari y la libre expresión

"Es hora de sacar de las bodegas secretas del Vaticano los instrumentos de tortura de la Santa Inquisición para poner en su sitio al artista más peligroso e irreverente de América Latina. Incluso las iglesias cristianas deberían tener más carácter […]

“Es hora de sacar de las bodegas secretas del Vaticano los instrumentos de tortura de la Santa Inquisición para poner en su sitio al artista más peligroso e irreverente de América Latina. Incluso las iglesias cristianas deberían tener más carácter […] y pedirles a sus fieles que vayan a destruir las obras de León Ferrari en el museo del Banco de la República”. Si no fuera porque la cita hace alusión a la exposición de uno de los más importantes artistas contemporáneos, uno creería estar leyendo a Torquemada, o a cualquier otro inquisidor español, y no a un columnista de opinión de uno de los principales diarios colombianos.

Es conveniente recordarle a este retrógrado furibundo que Colombia es un estado laico donde la Constitución garantiza el derecho a la libre expresión, aun en casos como el del artista argentino, indiferente de cuán ofensiva nos pueda parecer su obra. No es tan evidente, sin embargo, que estas mismas libertades consientan que se haga un llamado desde una tribuna pública a cometer un delito, como lo es destruir una obra de arte.

Solo a un fanático temerario se le ocurriría referirse a la institución más ignominiosa de su propia Iglesia para atacar el mensaje irreverente de Ferrari. Pero su obtuso fanatismo no es solo retórico: el escritor se lamenta de que hasta ahora no se haya oído el sacro grito de batalla y destrucción, ¡Viva Cristo Rey!, ni siquiera de boca del procurador Ordoñez. Ni de que ningún energúmeno haya tenido la determinación de visitar la exposición “martillo en mano”, como sucedió en Buenos Aires.

Dice mucho de los prejuicios de una sociedad el hecho de que las palabras del columnista pasen desapercibidas. Es posible conjeturar la justa indignación que despertaría una columna en la que se instigara a destruir la exposición iconográfica de Luis Vargas, o a demoler martillo en mano el altar de la espléndida basílica de Popayán. Y dice mucho de su doble moral, el hecho de que otro periódico, defensor a ultranza de los valores católicos, no considere inconveniente publicar la carta de uno de sus lectores en la que invita a asesinar madres abortistas “para que las cosas se equiparen”.

El artículo 19 de la Declaración de los Derechos Humanos restringe la libertad de expresión cuando ello incite a la violencia. Resulta difícil en extremo, sin embargo, poder anticipar las consecuencias de cada acto particular. Un buen ejemplo es el caso de Terry Jones, el pastor de Florida que cumplió con su promesa de quemar el libro sagrado de los musulmanes. En retaliación a semejante estupidez, una turba de fanáticos irrumpió en los cuarteles de la ONU en Mazar-e Shari, norte de Afganistán, y asesinó a siete civiles, para luego incinerar el lugar.

Llama la atención que la Primera Enmienda a la Constitución estadounidense no dé licencia para gritar “¡Fuego!” en un teatro abarrotado, pero sí consienta actos como el del reverendo Jones, aún cuando estos pongan en peligro la vida de miles de ciudadanos.

Tal vez, por razones pragmáticas, no sea prudente realizar una exhibición blasfema en un momento en que millones de católicos celebran la Semana Santa. Pero, gústenos o no, el derecho a la libre expresión así lo permite, de igual forma que consiente los desfiles de supremacía racial con sus mensajes de odio, estandartes y esvásticas. Igualmente toleraría que el columnista llame a Ferrari mediocre, decrépito, asqueroso; o incluso que convoque a multitudes católicas a manifestar su repugnancia por la muestra. Pero otro asunto muy diferente es usar un medio público para incitar al vandalismo, a la destrucción de una expresión artística que ningún católico, ni nadie, está obligado a presenciar.

A esos sectarios que aún se aferran a la Constitución de 1866, sería conveniente recordarles que existen millones de personas que no desearíamos ninguna religión para nuestros hijos. Y mucho menos una doctrina en cuyo nombre se martirizó y persiguió durante siglos; una fe cuyo símbolo es un instrumento romano de tortura que, unido a la espada, estuvo al servicio de los conquistadores genocidas, abogó en favor de la esclavitud, citando el Éxodo y la Carta a los Efesios, y exhortó desde los púlpitos a la guerra santa contra los reformadores liberales.

Una férula que predica la humildad a la vez que sus altos jerarcas viven en una opulencia manifiestamente anticristiana. Una institución que ve en el sexo la mayor de las abominaciones pero que está dispuesta a condonar y proteger a pederastas mientras sean de los suyos. Una cofradía que se encargó de destruir la vida de miles de inocentes que crecieron en la marginalidad por el solo pecado de ser hijos de uniones libres, y hoy persigue con la misma ferocidad a los homosexuales; que insiste en lesionar los derechos de la mujer oponiéndose al control de la natalidad, o instando a desobedecer la orden constitucional de instruir a las jóvenes sobre sus derechos sexuales.

Es hora de que esos fundamentalistas sepan que la piedad religiosa y la virtud moral son cuestiones muy diferentes; que delitos y pecados no son la misma cosa. Que hoy es posible educar a nuestros hijos en un humanismo laico que convoca a la práctica de una verdadera ética, plural y respetuosa de todos los seres vivos; dentro de un sistema que favorece la interpretación racional de los fenómenos naturales sin obligar a nadie a creer en seres sobrenaturales concebidos a imagen y semejanza de los peores déspotas de la antigüedad.

 

 

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