Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Festina lente

VARIAS PERSONAS —DESDE COLUMnistas hasta el Presidente de la República— se han preguntado por las razones que han producido el continuo fracaso de las varias intentonas de reforma agraria que se han hecho en el país.

Quizá sea la pregunta más válida y relevante del momento. Todo el mundo repite —y con razón: el lugar común no siempre es erróneo— que la terrible sangría que hemos padecido se debe al menos en parte a la falta de una reforma que merezca ese nombre. Pero no sabemos muy bien por qué no se ha producido. Es un diagnóstico que está por hacerse. Como el supuesto de partida era que el sistema político estaba cerrado a cal y canto, muchos analistas se las arreglaron para no ver que hubo varias iniciativas reformistas desde arriba, y que algunas estuvieron cerca de romper el frente. Ese punto ciego también impidió que hubiera un interés real por evaluar el detalle institucional y social que caracterizó cada proceso y desenlace.

Es difícil —a veces simplemente un paso en falso— tratar de resumir investigaciones más o menos complejas en algo más de quinientas palabras. Pero dado el carácter trascendental del tema voy a hacer por una vez el esfuerzo. Pues en efecto creo que se puede demostrar que las reformas se marchitaron por un conjunto muy pequeño de problemas, identificables y analizables. El que quizá sea el principal es el más sencillo de todos: morosidad, falta de ritmo. Las virtudes y los costos de una reforma agraria se pueden poner en los siguientes términos. Es una operación en gran escala que, si queda bien hecha, puede apuntalar una paz duradera y ser un enorme catalizador tanto de equidad como de eficiencia. Pocas políticas tienen el potencial de producir efectos tan grandes a la vez. Al mismo tiempo, pone en cuestión y desestabiliza los derechos de propiedad. No hay sociedad que pueda vivir en medio de una reforma permanente. Si se quiere aspirar a tener éxito, hay que apostar duro, lograr resultados en muy corto plazo sin detenerse en mil sutilezas técnico-jurídicas, y apuntalar nuevas relaciones de poder antes de que el objeto de la reforma —en el caso colombiano, terratenientes altamente criminalizados— pueda reaccionar. Todas las descripciones de las reformas que transformaron positivamente a sus sociedades (comenzando por Taiwán y Corea) insisten en esto.

Uno de nuestros grandes transformadores, Carlos Lleras Restrepo, apostó por razones históricas, y muy a la colombiana, por un modelo lento y gradualista. Esto, que para otros temas y contextos puede funcionar muy bien, tuvo el triple efecto de permitir una resistencia generalizada, invitar a la formación de amplias coaliciones antirreforma, y crear una sensación de inestabilidad y animadversión permanente sin que a cambio se produjeran muchos efectos reales. Pese a su compromiso con la reforma, a su visión de Estado y a su enorme conocimiento técnico, terminó perdiendo la apuesta.

Ahora que tenemos a un equipo muy notable encabezando el tema, es clave que el problema de la velocidad esté siempre presente. Los que fuimos maldecidos —o bendecidos— con el chip de la lentitud, hemos tenido que hacer nuestra la divisa de Augusto, “festina lente” (‘apresúrate lentamente’). Pues bien, ese lema fue pensado como la síntesis de la lógica del reformista exitoso. Ir despacio en el sentido de considerar con detalle minucioso los pros y los contras de los objetivos y diseños institucionales que finalmente se adoptarán. Ir rápido para actuar con decisión y sin concesiones, durante el corto período en que se puedan acumular los resultados y se tenga capital político para avanzar.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

¡Que devuelvan la plata!

Desmemorias

El mundo de ayer

Morir por partida triple, ¿o peor?

Opciones naranjas