Por: Esteban Carlos Mejía

¿Ficción y política?

LAS GANAS DE LEER NOVELAS POLÍTIcas se alborotan en época electoral.

Aparte de re-creación y re-presentación, la literatura es re-conocimiento. Javier Marías lo dice con inigualable picardía: el pensamiento literario “es una forma de saber que se sabe lo que no se sabía que se sabía”. No es un galimatías ni un trabalenguas ni mucho menos. Toda obra de ficción sirve para re-conocer nuestro entorno material y espiritual.

Al azar repaso algunas de las novelas políticas colombianas que más me han conmovido. El día del odio (1952), del contradictorio José Antonio Osorio Lizarazo: el 9 de abril de 1948, las turbas en las calles, los gritos de venganza, el incendio de Bogotá, el motín sin fin. Y pienso en El Cristo de espaldas (1952), de Eduardo Caballero Calderón, que nos mete a la oscuridad y a la amargura de la Violencia: la niebla, el páramo, la angustia del protagonista, ese curita casi inocente, buen pastor de almas descarriadas, de rodillas ante el crucifijo de su esperanza mientras los chulavitas conservadores castran, violan y degüellan liberales. Voy, entonces, a El día señalado (1963), de Manuel Mejía Vallejo, y su pueblo imaginario, El Tambo, marcado por el indescifrable destino del fanatismo, y las riñas de gallos como símbolo de redención o, al menos, de arrepentimiento. Y recuerdo la melancolía de Tuluá bajo el terror de León María Lozano, en Cóndores no entierran todos los días (1971), de Gustavo Álvarez Gardeazábal, novela herética y áspera y vindicativa.

El asombro, aunque no es súbito, me entorpece el entendimiento. Lo que parecían novelas políticas son (apenas) novelas de violencia, crueldad y vileza interminable. Así ha sido la política en Colombia. ¿Así tiene que ser? La casa grande (1962), de Álvaro Cepeda Samudio, y Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, resuelven con realismo mágico esa disyuntiva, recreada también, no sin sutil crudeza, en La mala hora (1962), de García Márquez, con pasquines y dolores de muela.

Intento agarrar la punta de la madeja de la novela política colombiana y hallo dos libros y dos autores, insólitos y marginales, ejemplares y muy literarios: El anarquista jubilado (2001), de Roberto Rubiano Vargas, y Los ejércitos (2007), de Evelio Rosero Diago. Mientras una novela narra las desilusiones ideológicas de una generación derrengada por la vida, en la otra vivimos y reconocemos, con el corazón oprimido, el salvajismo de hordas anónimas que matan inocentes con la misma ferocidad con que se aniquilan entre sí. ¡Y pensar que algunos todavía opinan que leer literatura es una novelería inútil!

Rabito de paja: El senador Jorge Enrique Robledo casi dobló su votación. De 80.969 votos en 2006 pasó a 152.936, con un conteo del 94%. ¿Por qué? Porque, sin torcerse ni amedrentarse, ha sabido defender la producción, el trabajo, la democracia y la soberanía. En otras palabras, porque cree que Colombia sí tiene arreglo.

Rabillo de paja: En estas elecciones presidenciales falta un candidato: Carlos Gaviria Díaz. Con su inteligencia, valentía, claridad dialéctica y decencia, la campaña sería menos tibia y menos insulsa. ¡Cuánta falta le van a hacer a la izquierda democrática los 2’613.157 votos que sacó hace cuatro años! Ay, lo que es la vida…

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía

¿Y usted cuánto tiempo aguanta?

Si este fuera un país serio

Cuatro mujeres de armas tomar

Apostatar a la Iglesia católica en Colombia