Por: Arturo Charria

Ficciones de la memoria

La literatura es memoria e imaginación. En un cuento, un poema o una novela palpitan el peso del mundo que fue y todas las formas posibles de aquello que hubiera podido ser.

Ireneo Funes lo recuerda todo: desde las vetas que hay en su cuarto hasta “las formas de las nubes australes del amanecer de abril de 1882”; incluso podía comparar esas formas con el recuerdo de “las líneas de la espuma que un remo levantó en el río Negro la víspera de la acción del Quebracho”. El cuento fue escrito por Jorge Luis Borges en 1942. El autor argentino explora el peso que tiene la memoria: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. Funes no vuelve a salir de su cuarto. Encerrado en las paredes de su memoria, se dedica a clasificar todos sus recuerdos, pero no logra pasar de los primeros años de su infancia, pues cada jornada pretérita abarcaba 70.000 recuerdos.

Para Borges la memoria perfecta no es un atributo, sino una desgracia. Y aunque el caso de Funes es excepcional, no deja de ser estremecedor: la memoria le impide a Funes moverse, salir de la oscuridad de su habitación, lo ata al pasado y a la contabilidad de sus experiencias vividas. Ahora bien, es claro que el problema de Funes, a diferencia de los otros, es que nuestra memoria no es la suma exacta de nuestros recuerdos, sino que está constituida por la capacidad que tenemos de olvidar. Pero Funes no olvida y esa es su tragedia.

¿Cómo administrar entonces los límites de la memoria y el olvido? En su novela Juego de memoria (2017), el escritor colombiano Horacio Ballesteros construye un relato en donde la búsqueda de la memoria se convierte en una pesadilla: el dolor, la rabia y la venganza se conjugan de manera simultánea en el libro. La historia se centra en una doctora que debe atender el caso de un anciano militar que tiene un avanzado estado de alzhéimer. Ese hombre que comienza a tratar fue quien secuestró, torturó y desapareció a su novia.

A diferencia de Funes, en el relato de Humberto Ballesteros la tragedia es la búsqueda de una memoria que se pierde y, con ella, la verdad de unos hechos que no le han permitido hacer su duelo. En cada sesión la doctora explora distintas formas y métodos para extraer una silenciosa voz que se pierde en el laberinto del olvido. En la búsqueda de esa voz la doctora se enfrenta a sus propios recuerdos inconclusos, en lo que pudo ser y jamás será.

En el cuento de Borges, Funes no puede pensar, porque esas ideas abstractas que se construyen sobre los recuerdos alteran la imagen exacta que guarda en su memoria: “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. En cambio, en la novela de Ballesteros, la ausencia de recuerdos convierte al anciano en un infinito lienzo en blanco sobre el cual la doctora trata inútilmente de retratar una memoria perdida. Ese vacío, que es blanco sobre blanco, comienza a llenarse con la imaginación y las ficciones de su propia memoria.

Esa tensión que tenemos con la memoria nos muestra dos caras de una misma tragedia: tenerla y buscarla son dos laberintos igualmente dolorosos. La memoria perfecta nos encierra en el pasado y la frustración de no tenerla nos condena al infinito de la imaginación.

@arturocharria

 

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