Por: Hugo Chaparro Valderrama

Ficciones de la vida real

En términos cinematográficos, Nueva York es un campo de batalla, emocional y conflictivo, que sirve como escenario y referencia visual para relatos cercanos a la neurosis, al vértigo y a los múltiples reflejos de una ciudad donde nadie es nadie pero todos quieren ser alguien. La multitud sometida al azar del vecindario tiene que demostrar su talento para sobrevivir, de la mejor o de la peor manera posible, en el laberinto donde la experiencia humana se puede revelar como una sorpresa que bordea lo insólito.

Como si fuera una puesta en escena del disco de Lauryn Hill, The Miseducation of Lauryn Hill (1998), con su repertorio acerca de los altibajos emocionales de la adolescencia en la escuela, o como una variación de otras películas que han hecho del maestro un héroe pedagógico capaz de mejorar la vida de sus alumnos -To Sir, with Love (Clavell,1967), con Sidney Poitier como el profesor arriesgado en un salón de alto voltaje, o la parábola sobre el escritor blanco que le enseña al basquetbolista negro los privilegios de la literatura en Finding Forrester (Van Sant, 2000)-, el primer largometraje de Ryan Fleck, Half Nelson (2006), aprovecha el escenario de un colegio, cercado por la tensión callejera, para narrar una historia de enriquecimiento mutuo entre un maestro y sus alumnos.

Predestinados a su lugar en el mundo por los hechos que los anteceden -representados por sucesos y personajes tan variados en su evocación de la tragedia contemporánea como Martin Luther King, la guerra de Vietnam o el apoyo de los Estados Unidos al golpe militar que derrocó a Salvador Allende en Chile-, y por la intimidad a la que afecta esa misma historia, definiendo el rumbo de sus vidas, Half Nelson describe la manera como nada pasa en vano y afecta a los testigos, conscientes o inconscientes, de su época.

La fuerza racial de Estados Unidos y, específicamente, de Nueva York, tras la lucha por los derechos civiles que atenuó el racismo en el país, encuentra al profesor blanco y a su alumna preferida -una muchacha negra con su familia desarticulada por la violencia y la droga-, en un terreno de apariencia neutral, el salón de clases, donde las ideas contribuyen al descubrimiento de nuevas perspectivas.

La decadencia tóxica en la que vive el profesor es salvada por la presencia de la chica que se convierte, accidentalmente, en la voz de una conciencia que no fustiga moralmente a su maestro: simplemente lo observa y, de algún modo, con la complicidad de su silencio, que no delata ni enjuicia, obliga a que reaccione y a que sea consecuente con los ejemplos de la historia que enseña y que graban en la memoria de sus alumnos los errores de un pasado indeseable y atroz.

El vacío ante el sopor de la droga exige entonces al maestro, antes de que su vida se convierta en algo precario y vano, a reaccionar con la dignidad y la inteligencia que espera su alumna de él. Fleck recurre a una puesta en escena de apariencia documental, sin falsos maquillajes visuales, describiendo a sus personajes como rostros que de otra manera harían parte de la multitud, rescatados por la cámara y por el tono de una película que describe la experiencia humana como un hecho singular.

El conflicto, resuelto de forma tan sencilla como la exposición de motivos que orientan su dramatismo, permite que el espectador, como la muchacha ante su profesor, llegue a sus propias conclusiones sin ser manipulado; a que juzgue sin el agobio de trucos sentimentales; a que comprenda desde el inicio hasta el desenlace, que Half Nelson es una historia posible, como tantas, en el paisaje de Nueva York y en su multiplicación de anécdotas, traducidas a la ficción.

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