Por: Antieditorial

Fiebre amarilla

Por Germán Vargas G. *

Nuestras virales emociones (y disonancias cognitivas) fermentaron un caldo de cultivo compuesto por dos palabras con similar etimología, cuyos eventos determinan las preferencias y diferencias que nos representan —unen o dividen—, y están sincronizados por aparente azar.

Se trata de la Elección y la Selección. La primera es la expresión, aparentemente democrática y plural, de un juego en el que no hay empate que valga; en el reciente episodio, ganó con facilidad quien recibió el pase gol de Nuestro Señor del Perpetuo Socorro, medio-centro que sabe jugar a la contra, usando los extremos del miedo.

Esa estratagema, conocida como posverdad, ha estado presente en nuestra historia desde su origen. Basta recordar que la culpa es de Llorente, sofisma que apela al apellido materno del personaje, quizás para desconocer a la madre patria (o para mentar la madre del chivo expiatorio de nuestro relato cultural).

En efecto, la intriga, mediada por el chisme y morbo, ejerce el poder detrás del poder en las familias, empresas, e instituciones de nuestro país (y el mundo). También en los partidos de fútbol (del mundial), como sucedió con nuestra Selección, para conectar la segunda palabra anunciada.

Esto me lleva a hablar del seleccionador. Pékerman, un argentino que rechazó la ciudadanía colombiana, vino a salvarnos de los regionalismos que alimentamos los actores del fútbol —incluidos periodistas e hinchas— mientras practicamos nuestro deporte nacional: la quejadera (y victimización).

Su mérito ha sido la gestión de la opinión pública; aquella que castigó al mentor de su reelección, el aún presidente Santos, que no fue santo de devoción en estas elecciones. Unió al país en torno a ese equipo que nos representó en los torneos celebrados en dos países tan corruptos como el nuestro: Brasil y Rusia.

Se conformó con las emotivas participaciones, donde era posible llegar a semifinales, contra un disminuido Brasil —lesionando al histriónico Neymar, y jugando ante la presión de su exigente afición— y una inexperta Inglaterra —cuyo único título habría sido anulado por el VAR—. Paradójicamente jugó con miedo a intentar ganar, y, quizá por contrición, se tapó la cara durante el partido.

A un gol de distancia celebramos la derrota, y la culpa la tuvo el árbitro, pues aún muchos creen que era gol de Yepes y no fue penalti de Sánchez. Aunque enfrentamos a 12 (sumando la torcida brasileña o el árbitro gringo), el destino nos dio la oportunidad de redimirnos en el limbo de la definición desde los 12 pasos, donde la culpa la tuvo la suerte.

En la previa, nuestra fiebre por la Selección se envenenó con una portada amarillista (The Sun), y después, con igual tendencia, descubrimos el complot entre EE. UU., Rusia e Inglaterra, como si nuestra derrota fuera tan estratégica o se tratara de juegos de espías y guerras frías (bélicas o comerciales) que tienen a esos mismos países en tensión.

Ojalá defendamos con igual indignación y determinación la Consulta Anticorrupción, pues están en juego el juego limpio, la equidad y la sostenibilidad del país.

* Catedrático (vargas-german@javeriana.edu.co).

 

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