Por: Pascual Gaviria

Fiestas de guardar

Un injusto manto de señalamientos y reproches ha caído sobre las celebraciones de los narcos luego del matrimonio no consumado de Fritanga.

Una semana de comentarios dejó a la Múcura por el suelo. Pero nadie ha dicho que los escándalos del servicio secreto norteamericano demostraron que los mafiosos y su contraparte tienen gustos muy parecidos a la hora de las fiestas. Sólo que unos pagan mejor que otros. A nuestros uniformados también les gusta el whisky gratis en compañía de las modelos de AKT. No hace mucho se hicieron famosos cuatro coroneles del Ejército por su elegancia en el matrimonio de Néstor Caro Chaparro, alias El Duro. El hombre se casó en Medellín en una iglesia muy bien referenciada: Santa María de los Ángeles, unas cuadras abajo del edificio Mónaco. Uno de los militares enfiestado se defendió con una frase que merecía un ascenso: “Fue una estupidez pero es la verdad. Fui un colado”.

Tal vez haya sido Berlusconi quien terminó por desprestigiar el estilo de esas fiestas desinhibidas luego de seis años de bunga bunga en sus villas. Esas orgías temáticas con dominicanas disfrazadas de Obama y marroquíes con toga y birrete fueron demasiado. Sobre todo porque las descripciones oídas en los tribunales de Milán resultaban francamente pasadas de tono. Qué tal que Turbay hubiera tenido que hablar de sus aventuras ante el pleno de la Cámara de Representantes.

Pero las últimas fiestas que han terminado con operativos de madrugada son bien distintas. Uno lo piensa con algo de indulgencia cristiana y concluye que dos de los narcos importantes caídos este año fueron víctimas de sus sentimientos de padres, hijos y esposos leales. El procurador les debe una oración por su apego a la institución familiar. Juan de Dios Úsuga acabó muerto el primero de enero en Acandí mientras compartía unos tragos y unas canciones con sus padres y sus dos hijos. Había otras 93 personas por si era necesario salir a comprar algo a medianoche. La Policía lo ubicó por un chip en el estuche de la guitarra de uno de los músicos. La operación Merendero para complacer el gusto de los viejos terminó en balacera. Algo parecido le pasó a Escobar un 24 de diciembre en una finca en Jericó, donde la Policía fallo por minutos y encontró a Manuela decorando los castillos de la Barbie. El desasosiego había sacado a Escobar sin esperar el traído. Ni que decir de las escenas conmovedoras de Fritanga, recién desposado, prestándole el hombro a su novia inconsolable.

Aunque es verdad que no faltan los mafiosos víctimas de cierto relajamiento moral. Gacha y su hijo fueron dados de baja dos días después de que fracasara la organización de una fiesta en Tolú encargada a Jorge Velásquez, quien era su jefe de logística y terminaría por entregarlo. No se pudo contactar a ninguna de las 400 “amigas” que estaban reseñadas con foto en los archivos de la finca Chihuahua. Y los Rodríguez Orejuela, con mejor presencia, tenían un álbum con 1.000 fotos de candidatas a sus juegos florales. Al menos eso dice la envidia de los policías.

Nosotros ya somos poca cosa. En México las fiestas mágicas dejan capturas por centenares y la Policía ya está acostumbrada a seguir el rastro de las cajas de whisky y la estela de olores que dejan las grillas. Sobre todo cuando no los invitan.

 

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