Comunidad de Bojayá le da el último adiós a las víctimas de la masacre de 2002

hace 1 hora
Por: Columna del lector

Fiestas que no rezamos, con dineros que trabajamos

La laicidad del Estado está, desde hace 25 años en la Constitución colombiana, mofada por la tiranía de una mayoría católica que, en este caso, se ha colado, como por naturalidad consuetudinaria, en la política. Tedeums todos los 20 de julio; un erario financiando actividades en Semana Santa; feriados en el calendario asignados en nombre de santos católicos; y un presidente que cada cuatro años jura ante dios. Lo de siempre.

Por Sara Padilla Vivero

Pero hace unas semanas la Corte Constitucional decidió que en Pamplona, Norte de Santander, las fiestas de Semana Santa no correrían más por cuenta del Estado. Y ahora, las de Popayán, que han recibido más de $1.131 millones en los últimos seis años, están a la espera de un fallo que puede ser similar. Si el fallo sobre las fiestas de Popayán resulta como el de Pamplona, estaríamos hablando entonces de un fallo coherente constitucionalmente. Necesariamente coherente.

Pero, para el Ministerio de Cultura, el uso de recursos públicos para estas actividades se justifica en que ellas ya no corresponden solo al ámbito de la religión, sino también al de la cultura y la tradición: “son manifestaciones que vienen de mucho tiempo atrás”. Si esa es la razón, entonces musulmanes, judíos e indígenas, por ejemplo, tendrían derecho de financiar sus celebraciones religiosas con recursos públicos. Porque para ellos también hay una tradición histórica y cultural antiquísima.

Sin embargo, tal vez lo más peligroso es que el dinero invertido refleja cierta legitimidad política hacia el catolicismo: una bendición del Estado al catolicismo. Pues el reconocimiento público que hace el Estado a través de la financiación de estas actividades se puede tomar como una elección, deliberada y favorable, de los valores y de las ideas que profesa el catolicismo, sobre las demás. Una elección que públicamente margina y excluye a aquellos que no comparten el mismo credo. Una elección que en el futuro podría utilizar esos mismos valores e ideas para incidir, desde otros ámbitos públicos, en la vida de quienes no se ciñen a ellos.

Ya basta de insistir bajo el argumento de que, porque Colombia es mayoría católica, hay que hacer como católicos. Basta de creer que democracia es el sometimiento de las minorías a las tiránicas opciones y decisiones de la mayoría. Basta, más aún, si esas minorías, que no creen, que no asisten y que no están de acuerdo con el credo católico, sacan de su bolsillo para pagarle a un Estado que retribuye mezquinamente.

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2016-10-23T21:00:50-05:00

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Fiestas que no rezamos, con dineros que trabajamos

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