Fin del encierro: sin el pan y sin el queso

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Abrir sí, porque es imposible mantener encerrados a millones por más tiempo. Pero no hay razón para la euforia: el virus está ahí.

Es imposible mantener la cuarentena, al menos de la manera como venía siendo ordenada. Cinco meses y medio de confinamiento y clasificar entre los países más afectados por el coronavirus deja muchas preguntas que, más adelante, tendrán que ser respondidas. Durante las últimas semanas Colombia ha estado entre los de mayor número diario de contagios y fallecimientos, independiente de que no se haya sobrepasado la capacidad instalada de UCI.

Se comparaba a Suecia con Noruega, dos naciones similares en cultura, nivel económico y latitud, y el confinamiento estricto en la segunda se asocia hoy a una tasa de muertos por millón de habitantes once veces menor (49) que en la primera (576), que practicó un enfoque “liberal”, es decir, sin cierres drásticos.

Entonces, con cinco meses y medio de encierro para millones, pareciera, por el comportamiento de los indicadores, que la cuarentena no contribuyó como se esperaba al famoso aplanamiento de la curva y que sí deja consecuencias económicas desastrosas y perdurables.

La gente no da más. Los empresarios, de los micro a los grandes, necesitan las ciudades abiertas. El golpe al empleo formal ya ha sido infligido y los informales, cerca de la mitad de la oferta laboral, no pueden estar encerrados, así la vida en la calle sea incierta. El hambre acecha en las zonas más vulnerables de nuestras ciudades y, con certeza, las nuevas libertades de movilidad física también se traducirán en protestas masivas a lo largo y ancho del país.

Claro, no olvidemos que seguíamos en confinamiento bajo una norma que contemplaba más de cuarenta excepciones... Sí pero no, muy a la colombiana.

Se levantan las medidas porque la presión, obvia, a los gobernantes, presidente, alcaldes y gobernadores es insostenible políticamente. No porque la pandemia haya cedido.

El virus sigue ahí y las posibilidades de contagio se han multiplicado de forma exponencial. Ya los hogares han pasado de saber de personas conocidas, aunque lejanas, que han caído enfermas o muertas por el virus, a constarles ahora la presencia del COVID-19 en su entorno inmediato. Ya todos sabemos que el virus agarra a cualquiera, de cualquier edad, en cualquier parte, aunque muchos, no todos, seguimos convencidos de que las medidas del uso del tapabocas y el distanciamiento social son necesarias.

Por lo anterior, porque nos encontramos en un tramo en el que las probabilidades de contagio, y también de muerte, han aumentado, resulta algo absurdo el talante casi festivo que parecen exhibir los gobernantes y, por supuesto, la gente, porque en septiembre “comienza una nueva normalidad”. Parecido, de alguna manera, al eufórico COVID-Friday de junio, de la gente apeñuscada ingresando en muchedumbre a las grandes superficies, de los ministros y grandes empresarios celebrando las ventas. Sólo gobernantes como la alcaldesa Claudia López se opusieron, quien además logró que las versiones 2 y 3 del fatídico viernes no se reprodujeran. Tiro certero en el propio pie, sin que nadie haya investigado las consecuencias en contagios y muertes, el de aquel 19 de junio.

Que, con las medidas respectivas de bioseguridad, los viajes se reanudan, los restaurantes abren, los centros comerciales levantan las restricciones de acceso, las ciclovías se reinician, etc., son buenas noticias. Sin embargo, la gente debería saber que, probablemente, el número de contagiados y de fallecidos, dentro de un mes, será probablemente el doble del actual.

No hay de otra: la responsabilidad individual en las medidas de seguridad es determinante. No hay espacio para euforias.

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