Por: Arlene B. Tickner

Fin del mundo, Estado y capitalismo

El genocidio forestal que los incendios en el Amazonas han puesto en el radar del imaginario global constituye una de las caras más funestas de la crisis del ecosistema. Pese a los compromisos estatales y empresariales de eliminar la deforestación de sus prácticas productivas, esta avanza a pasos agigantados. Entre 2017 y 2018 la ganadería, el cultivo de soya y palma, la maderería y la minería ilegal llevaron a la “limpieza” de un área igual a toda Vietnam. Según World Wildlife Fund, además de ser responsable del 20 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, esta feroz práctica es responsable del exterminio del 60 % de los mamíferos, peces, aves y reptiles del planeta. En el caso específico de la creciente demanda internacional de soya y, en menor medida, aceite de palma, la relación negativa entre los biocombustibles —promovidos desde principios del siglo XXI por ser considerados menos contaminantes que los combustibles fósiles— y la deforestación también se ha dado a conocer.

En la reunión reciente del G7, Emmanuel Macron lideró el reclamo de las potencias mundiales a Jair Bolsonaro de que el Amazonas no es suyo para quemar y que la depredación de este pulmón verde no será tolerada por la comunidad internacional. Además de la suspensión previa de financiación por parte de Alemania y Noruega, la amenaza de frenar un acuerdo comercial con Europa forzó el brazo al mandatario brasileño, aunque este rechazó como una intromisión indebida en la soberanía nacional la condena del Grupo así como su oferta (algo pírrica) de US$20 millones. Pese al valor simbólico de estas acciones, revisten un elemento de “hipocresía ambiental” que no es menor, toda vez que muchos de los mismos países que se sumaron al ultimátum a Brasil realizan actividades igualmente condenables. Por ejemplo, Japón financia plantas de carbón, sobre todo en el sur global, que contaminan hasta cuarenta veces más que lo permitido dentro de ese país.

Como mínimo, una acción global efectiva frente a la transgresión de las llamadas fronteras planetarias —cuya magnitud, velocidad e implicaciones ya son de común conocimiento— requeriría una reconceptualización radical de la política y la economía. Sin embargo, y parafraseando a Fredric Jameson, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de la soberanía nacional y el capitalismo. En su libro, Climate Leviathan, los politólogos Geoff Mann y Joel Mainwright anticipan una serie de escenarios hipotéticos en atención al incierto futuro planetario, consistentes en el reconocimiento (o no) de estos dos ejes de la vida internacional. En uno de ellos, crecientemente parecido al mundo actual, el nacionalismo se combina con el apego irrestricto al capitalismo, produciendo una lógica en la que cada país vela por lo suyo. Por su parte, el “leviatán climático”, una versión ambientalmente sensible de la gobernanza global, regularía el abuso del ecosistema a la vez que mantendría los elementos centrales del capitalismo. En cambio, el “clima X” constituye una alternativa globalista, anticapitalista, atenta a los aullidos del medio ambiente y promovida desde abajo, que, en opinión de los autores, ofrece la única estrategia realmente transformativa del orden existente. En últimas, las heridas mortales propinadas a la madre Tierra y a muchas comunidades aborígenes mediante el deterioro del ecosistema son síntomas de un mal estructural mayor, arraigado en lo que Immanuel Wallerstein denominó el sistema mundo moderno.

Le puede interesar: "El Amazonas se quema y todos tenemos la culpa"

878083

2019-08-27T21:00:00-05:00

column

2019-08-28T15:31:00-05:00

[email protected]

none

Fin del mundo, Estado y capitalismo

36

3914

3950

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner

Trump desquiciado

(In)acción colectiva y calentamiento global

Contradicciones irreconciliables

Telenovela británica

Malabarismos