Por: Mauricio Rubio

¿Fin del mundo o final de mes?

Entre manifestantes con chaleco amarillo preocupa menos el calentamiento global que las dificultades para pagar la calefacción, la comida, o el próximo alquiler.

El germen de la protesta francesa que se amplía y radicaliza cada sábado fue una medida aparentemente trivial pero bastante impopular: reducir la velocidad máxima en carreteras nacionales de 90 a 80 kilómetros por hora. La mayoría de quienes van a sus trabajos en automóvil se indignaron y promovieron varias manifestaciones, entre ellas una de “motards” (motociclistas) en Paris. Los eslóganes revelaban la exasperación con la intervención estatal: “Estado bandido”, “No más chantaje”, “No a la seguridad vial”.

El incremento en la tarifa de revisión obligatoria de los vehículos, de los peajes y del parqueo, así como la explosión de multas, atizaron la cólera. La gota que desbordó la copa fueron las alzas en el precio del ACPM: 25% en un año con otra programada para enero. El descontento fue particularmente agudo en zonas rurales y suburbanas donde el uso de motores diesel está bastante extendido. Entre gente parisina, con altos ingresos y buen transporte público, la molestia fue menor. El discurso técnico-ecolo-pedagógico con el que Macron respondió a la primera manifestación masiva, más para la élite urbana que para quienes protestaban, exacerbó los ánimos: “no entendió nada”; quedó como un mandatario lejano, desconectado, soberbio.

Los grupos que preocupan ahora a los políticos y a la nueva aristrocracia tecnocrática, académica y militante son las comunidades y las minorías, no la ciudadania en general. “El espacio público está saturado con miles de reivindicaciones: handicaps, género, etnia, orientación sexual… Peticiones particulares, acompañadas con frecuencia de una dosis de victimismo que acentúa su vehemencia, acaparan a los legisladores”. Si antiguamente el objetivo de los políticos era la gran masa de quienes hacían parte de la norma, en sentido estadístico, la atención se desplazó hacia demandas particulares agrupadas en sindicatos de interés. “Su misión se convirtió en asegurar que todos los sentimientos alternativos se respetan. El Estado se interesa más por lo que pase con el veganismo trans que con los trabajadores de la periferia”. En Colombia, con tantas reformas urgentes en múltiples frentes, una flamante Comisión de Bienestar y Protección Animal busca regular los establecimientos comerciales petfriendly: el Estado entrometido en las relaciones entre negocios particulares y personas que no se separan de su mascota, que podría sentirse discriminada.

Bertrand Alliot, ingeniero ambientalista, profesor e investigador, se solidarizó con la protesta del chaleco amarillo. “Aún aceptando las conclusiones del Grupo Inter-Gubernamental sobre la Evolución del Clima, los miles de millones recaudados y engullidos solo servirían para prevenir un calentamiento de un valor que se aproxima a una centésima de grado... Por supuesto, el esfuerzo tiene sentido solo si es parte de un esfuerzo global. Pero esto no va a suceder".

La reciente cumbre sobre cambio climático en Katowice, Polonia, con “las ausencias de grandes líderes mundiales” le da razón a Alliot: no estaban todos los que son, ni siquiera Macron que esgrime argumentos ambientales contra la revuelta. Carezco del conocimiento para avalar o rechazar la estimación de este técnico sobre el exiguo efecto de las medidas para paliar el calentamiento global. Pero quienes anuncian un escenario apocalíptico me producen mayor desconfianza. Una cosa es conocer el signo de un impacto y otra bien distinta poder estimar su magnitud en el futuro lejano. La World Meteorological Organization, de  Naciones Unidas, hace proyecciones catastróficas hasta fines de siglo. La instancia inglesa afirma que en Reino Unido “las temperaturas de verano podrían ser 5.4 Cº más calientes en 2070”. La estimación es precisa, con decimales.

Una burocracia que promueve políticas contra un fenómeno en extremo incierto, multivariado, apenas parcialmente diagnosticado, y hace predicciones por décadas invita al escepticismo. Como aludir al aumento de temperatura no basta para aterrorizar, algunos medios ya no usan gráficas con datos –iluso pretender intervalos de confianza- sino montajes fotográficos de Nueva York sumergida por un tsunami. “La mortalidad porr efecto del cambio climático se incrementa en un 4% por cada grado que aumenta la temperatura ambiente”, advierte otro panel de angustiados expertos de, por supuesto, burocracias ávidas de recursos para evitar un nuevo diluvio universal.

En Francia, el ACPM sería equivalente al trigo de las antiguas revueltas campesinas: un bien que, con enormes variaciones, afecta crucialmente el presupuesto de muchas familias tradicionales que trabajan y pagan sus impuestos en el surtidor de combustible, no en la agencia tributaria. Para ellas el aumento continuo, ahora desmedido, del carburante puede significar pasar raspando, o no llegar al final de mes. Sería ingenuo, hasta cruel, criticarlas por no asignarle mayor prioridad a evitar, o aplazar, el anunciado fin del mundo. Tal vez piensan como Keynes: en el largo plazo todos estaremos muertos.

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