Por: Columnista invitado

Finlandia

Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro*

Siempre que existe la posibilidad de pensar nuestro sistema educativo de forma diferente, el tema, por lo general, no despierta muchas emociones. Si bien es cierto que no somos Finlandia o Corea del Sur, no significa que no tengamos la capacidad de evaluar y analizar hasta dónde es posible llevar a cabo ciertos cambios que nos permitan avanzar como sociedad. Si tomamos el caso de Finlandia existen al menos dos aspectos centrales de su sistema educativo que bien valdría la pena considerar en nuestro contexto.

El primero está relacionado con el reconocimiento que tiene el trabajo de los docentes. No sólo se trata de personas altamente calificadas, sino también dispuestas a darlo todo por conseguir un puesto en el difícil proceso de selección establecido para asumir la gran responsabilidad de educar. El sistema está construido de tal forma que los docentes tienen las herramientas necesarias para formar mejores seres humanos y no sólo personas que respondan a las necesidades del mercado laboral o estén formadas para buscar trabajo. Ante todo, prima la idea de una educación para toda la vida donde el aprendizaje se da también fuera de las estructuras institucionales educativas tradicionales, donde en lugar de existir un camino único pre-establecido (asociado a la lógica colegio-universidad-trabajo=éxito), es posible cambiar de rumbo sin que esto sea considerado como un fracaso.

En el marco de esa educación y siguiendo una estructura descentralizada, los docentes no sólo son reconocidos por su trabajo en términos cualitativos y cuantitativos, sino también poseen un elevado nivel de autonomía en su quehacer cotidiano. Esta autonomía es el reflejo de una confianza sistémica en la capacidad que han adquirido para hacer su trabajo y en la seguridad de saber reaccionar frente a situaciones difíciles. La autonomía es sinónimo de flexibilidad y abre espacios para no generar presiones al momento de educar: en suma, el sistema ha preparado a sus docentes para confiar en ellos.

El segundo aspecto tiene que ver con los ránkings y tests con otro países. En el caso de Finlandia y pese a ser objeto de análisis comparativos por parte de terceros, el objetivo mismo del proceso educativo finlandés reposa en la autenticidad de identificar sus prioridades sin pretender ser mejor que otros. Como lo expresara Pashi Sahlberg hace un par de años en una intervención en Harvard: “Finlandia no ha hecho parte de esta carrera global para tratar de ser el mejor país del mundo”.

El no compararse da lugar a trabajar las prioridades desde adentro; es decir, a dedicar el tiempo necesario para conocer bien su propio contexto y a reaccionar de manera consecuente con las necesidades que de este se derivan. En nuestro medio, el Ministerio de Educación Nacional en Colombia ha pasado mucho tiempo buscando ser reconocido hacia afuera antes de recuperar la esencia del funcionamiento educativo. Se trata de una fachada bien pintada que esconde problemas estructurales de fondo. En esa misma lógica algunas personas que trabajan en el sector, ya sea desde la esfera pública o privada, ponen de antemano sus intereses personales, envidias y en muchas ocasiones malos tratos con el fin de “ser mejor que otro” a cualquier precio.

No se trata de ser Finlandia y mucho menos de simplemente adaptar o copiar su modelo educativo para mejorar la calidad del nuestro. Se trata de saber formular ciertas preguntas fundamentales que permitan replantear la manera como se han manejado ciertas políticas educativas en el país. No sobra esperar que el gobierno entrante tenga la capacidad de despertar un sistema que se quedó pensando en mejorar las cifras antes que la vida de las personas. Ojalá que la nueva ministra saque un tiempo para ésto.

* Consultor e investigador en educación, University of Education, Freiburg (Alemania)

 

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